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Salomé- Déjala, Susana, déjala que llore. Ven, vamos nosotras. Y tú, magdalena, quédate aquí con la mirra y los perfu­mes. Volveremos enseguida.

Susana y Salomé regresaron corriendo a la casa de Marcos, donde todos los del grupo nos escondíamos desde el viernes. María, la de Magdala, con la frente pegada a la piedra redonda del sepulcro, se quedó llorando sin consuelo.

Susana-¡Marcos! ¡Pedro! ¡Despiértense!

Salomé- ¡Se han llevado el cuerpo de Jesús y no sabemos dónde está!

Pedro- ¿Que lo han qué?

Susana- ¿Estás sordo, tirapiedras? ¡Que lo han robado!

Pedro- ¡Pero eso no puede ser!

Salomé- ¡Pues sí es! ¡La cueva está vacía y la piedra corrida!

Santiago- ¡Juan, Felipe, Natanael, tranquen las puertas ensegui­da y cierren las ventanas! ¡Estamos en peligro!

Marcos- Y ustedes, par de gritonas, ¿alguien las vio llegar has­ta aquí?

Susana- ¡Ay, mi hijo, Marcos, yo no sé, no me angustien más!

Santiago- ¡Tenemos que irnos cuanto antes a Galilea! ¡Si nos atrapan, nos colgarán a todos de un palo!

En ese momento, tocaron a la puerta...

Pedro- ¡Maldición! Nos han descubierto. ¡Estamos perdidos!

Magdalena- ¡Abran, abran, abran!

Susana- ¡No seas cobarde, Pedro! Es la magdalena, ¿no la oyes? ¡Corre y ábrele la puerta!

María, la de Magdala, entró en el sótano donde nos escondíamos con las manos en la cabeza y los ojos desorbitados.

Magdalena- ¡Ay! ¡Ay!

Pedro- Pero, ¿qué diablos le pasa a ésta ahora?

Santiago- ¡Cierren esa puerta, caramba!

Magdalena- ¡Ay! ¡Ay!

Susana- Pero, muchacha, por los ángeles del cielo, habla pronto que ya tengo el corazón en la boca.

Santiago- ¡Habla de una vez, aspavientosa! ¿Qué pasa? ¿Te vienen siguiendo?

Magdalena- ¡Sí!

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