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Tú que bebiste la copa del dolor.

Mira: Dios te quita esa copa de las manos,

y ya no volverás a beberla. ¡Despierta, despierta!

¡Vístete ropas de fiesta, Jerusalén, Ciudad Santa!

¡Sacúdete el polvo, levántate, rompe las cadenas de tu cuello!

¡Levántate, Jerusalén,

resplandece,

que está llegando tu luz

y la gloria del Señor amanece sobre ti!

Mateo 28,1-10; Marcos 16,1-11; Lucas 24,1-11; Juan 20,1-2 y 11-18.

1. El más primitivo de los relatos de la resurrección de Jesús es el de la "aparición a las mujeres". En el evangelio de Juan, esas mujeres son una sola, la Magdalena. Coherente con el resto del evangelio, también en la hora de la resurrección, «los últimos son los primeros». Y fue una prostituta la primera en experimentar que Jesús estaba vivo, y la primera en testificar esta experiencia. En Israel las mujeres no servían para testigas en los juicios, pues se las tenía, sin más, por mentirosas y enredadoras. Los evangelios son audaces al presentar a una mujer, que además era una ramera, como la prime­ra en atestiguar la resurrección. Así, la subversión de valores que caracterizó la vida y el mensaje de Jesús se prolonga después de su muerte.

2. Toda la fe cristiana se apoya en un hecho que ha sido trans­mitido desde hace dos mil años, inicialmente por el primer grupo de amigos de Jesús. Ellos dijeron haber visto a Jesús resucitado. A partir de aquel grupo de pescadores y gente pobre y sencilla fue pasando de generación en generación la noticia de que a Jesús de Nazaret, que fue asesinado, Dios lo levantó de entre los muertos, para así dar sentido a la historia de la humanidad. En el primer siglo cristiano Pablo dijo a las comunidades de Corinto que si Cristo no hubiera resucitado toda la fe cristiana era hueca (1 Corintios 15, 12-24). A la fe en la resurrección de Jesús se llegó por la palabra de sus primeros discípulos, conservada en el texto de los evangelios.

Según el testimonio de los primeros cristianos, Jesús no se levantó a sí mismo de la muerte, no se resucitó a sí mismo. La resurrección no fue anunciada como un milagro que Jesús habría hecho sobre su propio cuerpo para devolverse la vida. Las primeras fórmulas cristianas sintetizan cómo entendieron la nueva fe los discípulos: Dios resucitó a Jesús y hay testigos de este acontecimiento (Hechos 3, 15). En la muerte de Jesús, asesinado injustamente, los primeros cristianos vieron el triunfo definitivo de la justicia que ya había anunciado Jesús. Y entendieron que, por la resurrección, Dios había acreditado a Jesús como Señor y Mesías y había revelado que la vida era el destino final de la historia humana.

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