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Los primeros discípulos hablaron de la resurrección de Jesús como de un hecho histórico. No de una alucinación en las mentes de algunos o de una imaginación fruto del loco deseo de que Jesús siguiera vivo. Hablaron de un acontecimiento ocurrido realmente en la historia. Pero la historia no puede dar cuenta del hecho directamente, sino únicamente de la experiencia que comunicaron aquellos hombres y mujeres. A partir de aquel domingo, ellos dijeron haber experimentado que Jesús estaba vivo de una forma definitiva, que no se trataba de un simple revivir para volver a morir después (Romanos 6, 9). Esta experiencia, difícil de comprender exactamente, la defendieron no sólo con su palabra sino con su vida y con las actitudes que a partir de entonces fueron tomando las primeras comunidades cristianas: pusieron los bienes de todos en común, continuaron la obra de Jesús, dieron la vida por esa fe.

126- UNA RISA CONOCIDA

Santiago- Pero, María, por Dios santo, ¿cómo vamos a creer semejante cosa?

María- ¡Que sí, que era él, estoy segura! ¿Cómo no voy a reconocer a mi hijo, a Jesús?

Magdalena- ¡Y yo también lo vi, caramba!

Marcos- ¡Y yo lo que veo es que ustedes dos están más locas que el rey Saúl!

El sol de aquel primer día de la semana comenzaba a calentar los tejados de la ciudad de David y a pintar de oro las murallas orien­tales. Jerusalén todavía dormía, cansada de fiesta y de vino, des­pués del gran sábado de Pascua. A nosotros, escondidos en casa de Marcos, en aquel sótano oscuro, nos habían sobresaltado las mujeres diciendo que el sepulcro de Jesús estaba abierto y vacío. Para colmo, después llegó María, la de Magdala, y también María, la madre de Jesús, diciendo que lo habían visto vivo, que habían hablado con él.

Santiago- ¡Bueno, bueno, basta ya! Se acabaron las historias. Te­nemos que salir cuanto antes hacia Galilea y no hay tiempo que perder.

Felipe- Apoyo a Santiago. ¡Que cada uno agarre su bastón y su alforja, y andando!

Pedro- Pues yo digo que no podemos irnos así, compañeros, sin saber lo que ha pasado.

Santiago- Es que no ha pasado nada, Pedro, ¿no lo entiendes? ¿No me vas a decir que tú te has tragado el cuento de este par de chifladas?

Magdalena- ¡Era Jesús, no podía ser otro! ¡Yo lo vi y hablé con él!

Marcos- ¡Cállate ya, muchacha! ¡Caramba contigo, pareces una cotorra, repitiendo siempre lo mismo!

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