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Pedro- Escuchen, compañeros, sea lo que sea, tenemos que averiguar. Juan, acompáñame. Vamos un momento al sepulcro a ver qué demonios ocurre. Ustedes, espérennos aquí. ¡No se mueva nadie y no le abran la puerta ni al profeta Elías que venga! ¡Juan, échate un trapo por la cabeza para que nadie nos conozca!

Juan- Déjate de cobardías, Pedro, si no debe haber nadie en la calle...

Pedro- No importa. Después de lo que ha pasado, no me fío yo ni de mi sombra. ¡Vamos, de prisa!

Pedro y yo atravesamos el patio y salimos a las calles todavía so­litarias del barrio de Sión. Al fondo, detrás del acueducto, bri­llaban los mármoles blancos del templo. A su alrededor, un hormiguero de casas donde miles de peregrinos, pasadas ya las fiestas, comenzarían dentro de pocas horas a ponerse en movimien­to para regresar a sus aldeas del interior.

Juan- Oye, Pedro...

Pedro- Dime, Juan...

Juan- Pedro, ¿ tú crees que... que…?

Pedro- Tonterías, Juan. ¿Quién va a creer en cuentos de mujeres?

Juan- Pero... ¿ y si fuera verdad?

Pedro- ¡Si fuera verdad, si fuera verdad! ¡Ja! ¡También si mi suegra tuviera mecha, sería un candil! No, Juan, el que se murió, se murió. Esa es la única verdad. ¡Ea, vamos corriendo, no perdamos tiempo!

Echamos a correr calle abajo. Pasamos la pequeña plaza de los fruteros y el mercado, dejamos atrás el palacio de Herodes y atravesamos la primera muralla.

Pedro- ¡Demonios, Juan, no corras tanto! ¡Espérame!

Yo siempre le sacaba ventaja a Pedro. Sin volver la cara, crucé la Puerta del Ángulo y salí al Gólgota. Detrás de aquella colina, re­donda y pelada como una calavera, estaba el sepulcro de José de Arimatea, donde el viernes, al atardecer, habíamos puesto el cuerpo destrozado de Jesús. La piedra redonda de la entrada, que yo mismo había empujado, estaba ahora corrida, como habían dicho las mujeres. Yo me asomé, pero no me atreví a entrar solo por la boca negra y húmeda de la gruta. A los pocos segundos, llegó Pedro, jadeando.

Pedro- ¡Al diablo contigo, Juan, corres más que un conejo!

Juan- ¡Psst! No grites... Mira, tirapiedras, las mujeres te­nían razón. Han abierto la tumba.

Pedro- Es verdad. ¿Y quién pudo haberlo hecho?

Juan- No se ve un alma por estos lados, ni siquiera los guardias.

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