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pudo. Al poco rato, dejé de correr. Estaba cansado. Seguí caminando despacio, esperando a Pedro. Ya cerca de la casa de Marcos lo sentí detrás de mí. Venía como una flecha y ni se dio cuenta cuando me pasó por el lado.

Juan- Oye, pero, ¿de dónde sales tú, tirapiedras? Pero, ¿qué le habrá pasado al narizón? ¿Qué avispa le habrá picado? ¡Eh, tú, Pedro, espérame!

Apreté el paso y en un par de minutos llegué a la casa. Pedro, que me había sacado ventaja a última hora, estaba sentado en el suelo del sótano, jadeando y rodeado por todos los del grupo. Susana y Salomé le echaban aire con un trapo.

Santiago- A ver tú, Juan, cuéntanos algo. ¿Qué ha pasado?

Juan- ¡Y qué sé yo, Santiago! ¡Yo no sé nada!

Susana- Pero, ¿tú no estabas con él, muchacho?

Juan- Bueno... Pedro se retrasó y luego tomó un impulso que ni los que salieron de Egipto iban tan de prisa. ¿Qué es lo que le pasa?

Felipe- Pues si tú no sabes, menos nosotros, porque éste desde que llegó no para de reírse como si le estuvieran haciendo cosquillas.

Santiago- ¡Caramba contigo, Pedro, ya está bueno! ¿Cuál es el chiste, si puede saberse? ¿Qué rayos ha pasado?

Pedro- Compañeros... escuchen, yo... yo pensé que era una emboscada. Entonces salimos corriendo. Juan se me fue por delante. Yo iba atrás, dale que dale, pero este condenado siempre me gana. Entonces, yo me apoyé contra el muro de una casa para tomar aliento. Y cuando estoy ahí, con la lengua fuera, vuelvo la cabeza y veo a un tipo en la otra calle. Un tipo raro, mirándome.

Felipe- ¿Y quién era, Pedro?

Pedro- ¿Y cómo iba a saberlo yo, Felipe? Yo lo que hice fue que eché a caminar, como si nada, pero con la oreja bien aten­ta. Y, de pronto, siento los pasos del tipo detrás de mí. Caminé más de prisa, él también apretó el paso. Más despacio y él hizo lo mismo... ¡Maldita sea, me venía siguiendo!

Susana- ¿Y qué hiciste entonces, Pedro?

Pedro- ¿Que qué hice? Que cuando llegué a la esquina de la calle, doblé enseguida, eché a correr y me colé en el primer patio que vi. ¡Psst! Entonces me agacho junto a unos barriles y es­pero. El tipo pasó de largo. Yo pensé que ya lo había despis­tado. Entonces, salgo en puntillas, salto la tapia sin hacer ruido y voy caminando en dirección contraria, hasta la calle de los al­fareros. Miro a un lado y a otro... Nadie a la vista. Sigo cami­nando, llego a la esquina, voy a cruzar... ¡cuando en eso siento una mano en el hombro! ¡Santo Dios, se me erizaron todos los pelos, hasta los sobacos! ¡Ahí estaba otra vez el tipo delante de mí!

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