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Marcos- ¿Y tú, qué hiciste, Pedro?

Pedro- ¿Qué iba a hacer? Di un brinco, pero me tenía acorralado. Me eché hacia atrás, me incrusté contra el muro como una babosa. Pero el tipo se me fue acercando. Yo tragué en seco y le dije: ¿quién... quién es usted? ¿Qué quiere de mí? Yo tenía la lengua pegada aquí atrás, a la campanilla. Es que ahora me río... ¡Ja, ja, jay!

Pedro seguía en el suelo, riéndose, recostado contra la pared del sótano. Todos nosotros, mordiéndonos las uñas, lo rodeábamos, pendientes de cada palabra que decía.

Susana- Sepárense un poco, caramba. Van a ahogarlo.

Felipe- Sigue, Pedro, sigue…

Pedro- Pues imagínense ustedes, resulta que el tipo se me acerca más y me dice: Y tú, ¿quién eres tú? ¿qué haces por aquí? Entonces me di cuenta de que hablaba como nosotros, los del norte. Era un galileo. Yo pensé que era un policía de los de Herodes, de ésos que van disimulados.

Santiago- ¿Tenía espada?

Pedro- Espada no, lo que tenía era una voz que yo había oído en alguna parte.

Susana- ¡Acaba ya, Pedro que nos tienes a todos en vilo!

Pedro- Así mismo estaba yo, compañeros: ¡en vilo! Esperando que pasara alguien por la calle para gritar auxilio, pero no pasaban ni los perros. Y el tipo vuelve a decirme: ¿quién eres tú, cómo te llamas? Y él cada vez más cerca, y yo cada vez más contra el muro... Y él con los ojos clavados en mí y con una sonrisita que me tenía ya espantado... Y me dice entonces: ¿tú no eres Pedro, el que le dicen tirapiedras, que eres pescador en el lago de Tiberíades? Cuando dijo eso, me quedé seco, se me fue la sangre a los pies, compañeros, como la mujer de Lot. Me ha­bían descubierto.

Santiago- ¿Y qué le dijiste?

Pedro- Le dije: No, no, yo no soy ése que usted dice. Que sí, que tú mismo eres. Y yo que no y él que sí. Le digo: Mire, paisano, usted se equivoca, yo soy Julián, el alfarero, y ni siquiera conozco el mar.

Marcos- ¡Qué cobarde eres, Pedro!

Pedro- Eso mismo me dijo él: ¡qué cobarde eres, Pedro! ¡Y se echó a reír! ¡Y mientras él más se reía, yo más me horrorizaba!

Susana- ¿Y entonces?

Pedro- Entonces cerré los ojos y me di por muerto. Pero el tipo reía y reía y seguía riendo. Y toda la calle se llenó de aquella risa. Maldita sea, ¿dónde la había oído yo antes, dónde? Y fue entonces cuando se me iluminó la mollera. ¿Saben quién era el tipo

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