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Cleofás aceptó enseguida la invitación. A media mañana, Marcos se apareció con su amigo, el médico, que se sentó a la mesa con nosotros.

Cleofás- Muy sabrosos estos garbanzos... ¡Hum!

Magdalena- Las cocineras estamos aquí, doctor Cleofás. Doña María y yo los preparamos. Los demás lloriqueando y nosotros ¡tralará, tralarí! ¡Y ya ve qué buenos quedaron!

Marcos- ¿Te das cuenta? Las dos más animadas que un par de cascabeles. ¿Qué te parece? ¿Completamente locas, verdad?

Cleofás- Un poco exaltadas, sí. Creo que lo mejor sería un cocimiento de belladona en ayunas y después dormir mucho.

Marcos- Y a Pedro, ¿1o mismo?

Pedro- ¡Yo no necesito nada, Marcos! ¡Te estoy oyendo! Trajiste a Cleofás para que nos curara, pero ninguno de nosotros tres está loco. ¡Tengo la cabeza en su sitio! ¡Y los ojos y las orejas también!

Magdalena- Déjalos, narizón. Ya tendrán que limpiarse los mocos y tragarse las lágrimas cuando ellos mismos lo vean. Déjalos, déjalos…

Cleofás- Bueno, amigos, me alegro de haberlos conocido. Pero, ahora, se hace tarde y tengo que irme.

Marcos- Pero, ¿cómo? ¿Tan pronto? ¿A dónde diablos vas tú ahora?

Cleofás- Aquí cerquita, a la aldea de Emaús.(2) Tengo que resol­ver un asunto.

Marcos- Pues no te vayas solo y resuelves dos. ¿No está en Emaús la fuente esa de las aguas que hierven? Dicen que esa agua lo mismo te cura los granos que las fiebres negras. ¿Por qué no te llevas contigo a Pedro? A ver si se le pasa este em­pecinamiento.

Pedro- ¡Déjame en paz, Marcos! Yo he dicho que no pongo un pie fuera de esta casa. Vete tú y échate de cabeza a la fuente, a ver si se te ablanda, ¡descreído!

Marcos- Pues mira, que no es mala idea. Si, sí, me voy. Te acompaño, Cleofás. Tanta penumbra y tanta historia me tienen ya mareado. Por el camino me despejaré un poco. Anda, vámonos.

Cuando Marcos y su amigo Cleofás salieron, cerramos la puerta con tres cerrojos. Terminando de comer, Pedro y las mujeres vol­vieron a contarnos lo que habían visto, lo que habían oído. Nos­otros, aburridos del mismo cuento, no nos creíamos nada de aquello.

Pasaron varias horas. Era ya oscuro y habíamos encendido un par de lamparitas cuando la puerta del sótano se vino abajo por los golpes.

Cleofás- ¡Eh, eh, ábrannos! ¡Ábrannos!

Marcos- ¡Pedro! ¡Juan! ¡Abran la puerta!

Santiago- ¡Recuernos, quién viene a estas horas!

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