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Marcos- Era un profeta. O más que profeta, uno ya no sabe bien ni lo que era. Hizo cosas grandes y habló bien duro. Sin pelos en la lengua, ¿comprendes? El galileo se enfrentaba lo mismo con Pilato que con el gordo Caifás. ¡Y les cantaba hasta los catorce improperios! Nosotros creíamos que Dios iba a hacer justicia por su mano, esperábamos que él iba a liberar a Israel de todos estos pillos que nos gobiernan.

Cleofás- Pero las cosas salieron al revés. Ni llegó el Rei­no de Dios ni pasó nada. Lo mataron como a todos los que dicen la verdad. Y ahora, a seguir tirando con el yugo en la nuca. ¡Siempre es lo mismo!

Marcos- Y el paisano aquel callado, escuchándonos con interés. Parecía buena persona. El caso es que por contar, le contamos hasta lo del zipizape de ustedes las mujeres esta mañana y lo de Pedro, todo eso... Y que nosotros no nos creíamos nada, como es natural.

Cleofás- Y entonces fue cuando nos dijo que éramos unos idiotas, con la cabeza más dura que un callo. La verdad, yo me mo­lesté bastante. Me dije: Pero, ¡qué tipo más atrevido! ¡Que vaya a meterse con su suegra si quiere!

Marcos- Y ahí mismo el paisano se destapó y toda la saliva que había guardado escuchándonos, se la gastó hablando de una ensar­ta de cosas de las Escrituras. Se las sabía al derecho y al revés.

Cleofás- Amigos, nos dijo cosas grandes, de ésas que no se olvidan. Nos dijo que los que luchan por la justicia mueren, pero que su muerte Dios no la echa en saco roto, que ellos son como semillas que se hunden en la tierra y nacen de nuevo, llenas de frutos. Nos repetía que no estuviéramos tristes porque jamás ni nunca la muerte tiene la última palabra.

Marcos- Y decía también que todo esto había sido como la Pascua en Egipto, cuando Moisés. Que el Mesías había tenido que atravesar el Mar Rojo de la sangre para poder entrar en la tierra prometida. Que nos secáramos las lágrimas, que el Reino de Dios ya había empezado. Bueno, yo no sé repetírselas, pero aquel pai­sano decía las cosas de una manera que te ponía la carne de ga­llina.

Cleofás- Eran palabras que te entraban para adentro como brasas.

Marcos- Pero lo mejor viene ahora. Resulta que cuando llegamos a Emaús...

Cleofás- Oye, tú, ¿te vas ya?

Marcos- Podías quedarte con nosotros. Fíjate, ya se está haciendo tarde, es casi de noche. Quédate aquí, hombre, hay sitio para los tres.

Cleofás- ¡Qué ganas teníamos de que se quedara! Y se quedó. Y nos sentamos a cenar allá, en la taberna de Samuel. Nosotros cada vez más entusiasmados con la conversación…

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