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Marcos- Y entonces, cuando estamos comiendo, el paisano agarra un pan, hace la bendición, lo parte y nos da un pedazo a cada uno.(4)

Magdalena- ¿Lo ven? Es lo que yo digo, ¡que el moreno está vivo! ¡Que no se lo tragó la tierra!

Cleofás- ¡Sí, amigos, parece mentira, pero es la purísima verdad, la purisísima! ¡Jesús está vivo! ¡Sí, lo hemos visto! ¡Y esto hay que gritarlo a los cuatro vientos! ¡Que lo sepan todos! ¡Que se entere todo el mundo! ¡Que Jesús está vivo!

¡Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión!

¡Grita con voz fuerte, alegre mensajero para Jerusalén!

¡Grita sin miedo,

di a las ciudades de Judá: !Ahí está nuestro Dios!

¡Ya viene para consolar a todos los que lloran,

para cambiar nuestra ceniza en corona,

el traje de luto en vestido de fiesta,

nuestro desaliento en cantos de victoria!

Marcos 15,12-13; Lucas 24,13-35.

1. En Jerusalén, como en todas las ciudades y aldeas de Israel, había médicos. Eran considerados artesanos. Se ocupaban sobre todo de medicina externa: ven­dajes, emplastos, ungüentos. Los conocimientos sobre el funcionamiento del cuerpo eran mínimos. Como la medicina tenía aún mu­cho que ver con remedios mágicos, a veces se tenía cierta preven­ción contra los médicos, considerándolos charlatanes o gente interesada en aprovecharse de los demás.

2. Emaús era un aldea a unos 30 kilómetros de Jerusalén, en la Sefelá, extensión amplia de terreno llano, situada entre los montes de Judá y las llanuras costeras. Durante la guerrilla de Judas Macabeo fue lugar de acampada de los israelitas (1 Macabeos 3, 57). Actualmente no se sabe con exactitud dónde estuvo la Emaús del evangelio. En una pequeña aldea árabe, El-Qubeibeh, hay una iglesia que recuerda el relato de Emaús. En la aldea se conser­van restos de una calzada romana del tiempo de Jesús.

3. La esperanza del Mesías que durante siglos había alentado al pueblo de Israel fue concretándose de distintas maneras con el tiempo. Después de la resurrección de Jesús, los discípulos reconocieron en él al Mesías esperado. La vida y la muerte de Jesús les mostró que él se identificaba con el Siervo de la Justicia del que ya había hablado el profeta Isaías (Isaías 42, 1-4; 49, 1-6; 50, 4-9; 53, 1-12), más que con el rey triunfador, el personaje celestial misterioso o el profeta vengativo que otros habían imaginado. Cuando las primeras comunidades cristianas reconocieron en Jesús al Mesías, comenzaron a llamarlo también "Cristo", es decir, el Ungido de Dios, su Enviado, su Bendito. De los cuatro evangelios, es el de Mateo

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