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Tomás- Lo que di-digo, un fan-fantasma.

Magdalena- Ningún fantasma, caramba, que los fantasmas no co­men y éste se zampó una cola de pescado y el panal de miel que habíamos dejado para ti. ¡Mira, mira el plato donde te habíamos guardado la cena! ¡Y se la comió Jesús! ¡Y tomó vino y se sonó la nariz! ¿También los fantasmas hacen eso, eh?

Tomás- Jesús se mu-murió. ¿Cómo va a estar vi-vivo si yo lo vi muerto?

Felipe- Eso decimos nosotros: ¿cómo va a estar muerto si lo hemos visto vivo?

Tomás- Habrán visto su espí-piritu. Dicen que las almas de los di-difuntos dan siete vueltas por los alrededores antes de descan­sar en pa-paz.

Magdalena- ¡No! ¡Era Jesús de carne y hueso! El mismo de siempre, con la misma risa y las mismas cosas, pero más alegre, más... qué sé yo, no sé ni cómo decirte... ¡pero era él, el moreno!

Tomás- Pues yo no lo-lo creo.

Santiago- Escucha, Tomás: cuando tú te fuiste a la calle, nosotros nos quedamos peleando, ¿te acuerdas? Que si nos vamos a Galilea, que si nos quedamos aquí en Jerusalén. Y de pronto, llegó él, Jesús. Y nos dice: tienen que salir, tienen que ir por todo el mundo anunciando la victoria de Dios.

Natanael- Nos miró a cada uno y nos dijo: ¡cuento con ustedes! Hay que seguir luchando por la justicia, aunque los maten, como a mí. Pero no tengan miedo. La muerte no tiene la última palabra. La tiene Dios.

Pedro- ¿Comprendes, Tomás, comprendes lo que ha pasado? ¡Jesús fue el primero en levantar la cabeza! ¡Detrás de él, iremos todos!

Santiago- Jesús confió en Dios y ahora es Dios el que confía en nosotros.

Felipe- ¡El Reino de Dios no lo para nadie, ni los gobernantes, ni los ejércitos, ni el diablo, ni la muerte ni nadie!

Tomás- Eso suena muy bo-bonito. Tan bo-bonito que no pue­de ser verdad.

Pedro- Pero, Tomás...

Tomás- No. No me creo nada de eso. Cuentos, cuentos y vi-visiones. Como los camelleros en el desierto que tienen tanta sed que ven agua donde hay arena. No, no lo creo. ¡No 1o creo, caramba!. La única verdad es que esta-tamos tristes. Per­dimos al mejor amigo que te-teníamos y con él se nos fue también la esperanza. Todo se acabó ya, todo.

Pedro- No, Tomás, óyeme bien: el viernes, allá en el Gólgota, parecía como si el cielo se hubiera cerrado para siempre. Pero Dios

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