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nos guardaba esta sorpresa. ¡El primero en llevarse la sor­presa fue Jesús, cuando Dios lo levantó de la muerte, imagínate! Esos bandidos pensaron que habían ganado ellos. Pero Dios se la tenía preparada y metió su mano por Jesús! ¿Por qué no lo crees, Tomás?

Tomás- Porque no. Porque pa-para creerme yo que Dios metió su mano tendría que me-meter yo la mía en los agujeros de los clavos. No, por favor, no me-me engañen más, que no quiero volver a ilusionarme. No, yo tengo la lengua ma-mala, pe-pero la cabeza la ten-tengo bien puesta. Y ma-mañana mis-mismo me-me iré con Ma-matías.

Pero en las horas que faltaban para irse, sucedió lo que Tomás no creía, lo que Tomás menos esperaba…

Tomás- ¡Matías! ¡Matías! ¡Abre, ábreme!

Matías- Pero, ¿qué pasa, Tomás, qué pasa?

Tomás entró como una tromba en casa de su amigo…

Tomás- ¡Matías! ¡Era verdad, Jesús está vivo, más vivo que tú y que yo!(1) Y yo decía que si no lo veía no lo creía, pero era verdad. Estábamos en el sótano, con las puertas cerradas, y yo que no, y ellos que sí, y yo que no, y ellos que sí, y en eso llega Jesús, y se pone ahí, como uno más del grupo, como siempre, y viene y me mira a mí, ay caramba, yo me pellizqué en Un brazo y en el otro y él me dice: ¡No soy ningún fantasma, Tomás, no seas tan cabeza dura!. Y Jesús delante de mí, así mismito como esta­mos tú y yo ahora, Matías, y dijo: ¡Venga un abrazo, Tomás! Y yo casi me caigo redondo y le digo: ¡Moreno, tú eres el Me­sías! Y él me dice: A mí me pasó igual que a ti, Tomás, por un momento pensé que Dios me había abandonado. Pero no. Puse mi suerte en sus manos y, ya ves, él no me falló. Haz tú lo mismo, Tomás. Ten confianza, aunque no veas, aunque no entiendas. Y ahora, corre, corre y diles a todos que esto no se acabó, que ahora es que comienza. ¡Y yo vine a decírtelo, Matías, ¡tenía que decírtelo!

La lengua de Tomás se soltó para contarle a su amigo lo que había visto y oído. Y Matías creyó y empezó a pregonarlo por todo el barrio de Siloé, y unos a otros se pasaban la noticia. Y nosotros también se lo anunciamos a ustedes para que compartan nuestra alegría sabiendo lo que nosotros sabemos, ¡que Jesús, el de Nazaret, está vivo para siempre!

Marcos 16,14-18; Lucas 24,36-49; Juan 20,19-29.

1. El relato del evangelio sobre la incredulidad y el acto de fe de Tomás está lleno de datos «materiales»: se especifica que Jesús comió miel y pescado, que Tomás le tocó los agujeros hechos por los clavos en las manos y por la lanza en el costado. Los evangelistas marcan estos aspectos para indicar que, según su experiencia, Jesús resucitado, Jesús vuelto a la vida, no es un fantasma, un espíritu etéreo, alguien «no material». Cuando los cristianos hablan de la resurrección «de la carne», de la resurrección «de los cuerpos»,

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