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Pedro- Créanme, camaradas, cuando estaba viendo el fuego en la Gehenna me quedé como los cangrejos cuando les pones una brasa delante de los ojos. Así, tieso. Y después, sentí como unos calambres aquí en la espalda.

Felipe- Peores calambres sentí yo cuando vi lo que le hicieron a un amigo mío.

María- ¿Qué le hicieron, Felipe?

Felipe- Fue horrible. Lo amarraron de pies y manos, le metie­ron un trapo en la boca para que no gritara y lo subieron a lo alto de la muralla, y abajo la candela, y entre cuatro lo balan­cearon como un saco de harina, a la una, a las dos, y a las tres... ¡plash! Fue horrible.

Natanael- No seas embustero, Felipe. Eso es un cuento que te has inventado.

Felipe- ¿Un cuento, Nata? Está bien. Cuando se apague la can­dela, ve a recoger sus costillas tostadas en el basurero.

Lázaro- Por lo menos, en la Gehenna la candela se apaga. En el infierno dicen que el fuego quema y quema y quema... y es como si te pegaran un tizón al rojo vivo aquí en la panza y no se apagara nunca.(3)

Susana- ¡Que el Altísimo nos proteja, amén, amén!

María- ¡Caramba con ustedes, Felipe y Lázaro! ¿No pueden ha­blar de otra cosa? ¿O es que les cayó mal la comida?

Lázaro- A mí me cayó muy bien. ¿Y a ti, Felipe?

Felipe- A mí también. Claro, a ellos no tanto.

María- ¿A quiénes ellos?

Felipe- A los pobres corderos que nos hemos comido. ¡Si ellos pudieran hablar nos dirían lo que es sentirse con un palo atravesado por el espinazo y dando vueltas sobre una hoguera!

Lázaro- Pues no es por seguir con lo mismo, pero dicen que el demonio también tiene un tenedor así de grande para enganchar a los condenados y asarlos a fuego lento.

Felipe- No, hombre, no, así no acabaría nunca. Lo que tiene es una cacerola de cuarenta pies de largo y ahí, en esas burbujas de aceite hirviendo, va cocinando a sus amigos.

Natanael- ¡Váyanse ustedes con el diablo o cállense de una vez! ¡Me han puesto de punta hasta los pelos del sobaco!

María- ¡A mí también los dientes me están rechinando!

Saduceo- ¡Ja, ja, jaaaa!

Un hombre corpulento y con muchas verrugas en la cara lanzó una ruidosa carcajada.

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