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proclaman la uni­dad del ser humano, de todo el ser humano. También de su cuerpo, de la materia por la que su espíritu se expresa.

La mentalidad de Israel entendió siempre al ser humano como una unidad. Nunca consideró separadamente alma y cuerpo, como hicieron los griegos. No hay en la tradición de Israel desprecio por el cuerpo, por lo material. Para el israelita el ser humano es «basar» («carne» en cuanto debilidad física, limitación intelectual o pe­cado) y es a la vez «nefesh» («alma» en cuanto a su apertura a todos los valores espirituales y a Dios). En su unidad, el ser humano está inspirado por el «ruaj», el Espíritu de Dios. No se separa lo material de lo espiritual, el alma del cuerpo, sino que se considera al ser humano íntegramente, a veces débil y a veces lleno de posi­bilidades.

129- CIENTO CINCUENTA Y TRES PECES GRANDES

Poco después de aquel primer día de la semana, lleno de sorpresas y de alegría, dejamos Jerusalén y nos pusimos en camino rumbo al norte. Para entonces apenas quedaban peregrinos en la capital. Tomamos precauciones para no llamar la atención de los soldados que montaban guardia en las puertas de la ciudad, pasadas las fiestas. En aquellos palacios que dejábamos atrás, los jefes de Israel creían que Jesús no era ya más que un recuerdo enterrado que no tardaría en esfumarse. Nosotros, que sabíamos que Dios lo había levantado del sepulcro, caminábamos de prisa rumbo a la Galilea de los gentiles, para llevar a nuestros paisanos aquella buena noticia.

Pedro- ¡En Cafarnaum pensarán que nos tragó la tierra o que Pilato nos mandó degollar a todos!

Felipe- Hace ya casi un mes que le dijimos adiós al lago ¡y cuántas cosas!

Santiago- ¡Si han sabido lo de Jesús estarán con el corazón en un puño!

Pedro- Pues se lo vamos a hinchar como una esponja cuando les contemos cómo Dios acabó este asunto. ¡Ya tengo ganas de ver las caras que ponen cuando sepan lo que sabemos!

En tres jornadas de camino nos pusimos en Galilea. Y en tres horas conversando con nuestros vecinos de Cafarnaum, que se reunieron como moscas alrededor de la miel, les contamos con pelos y señales todo lo que había sucedido aquellos días en Jerusalén. Nos quitábamos la palabra unos a otros: Todos queríamos hablar a la vez. La casa de mi padre, Zebedeo, resultó muy pequeña para acoger a todo el barrio que vino en busca de no­ticias.

Juan- Pero no me llore así, abuela Rufa, que usted volverá a ver al moreno. ¡Y más vivo que todos nosotros juntos!

Rufa- Pero si lo entiendo, mi hijo, lo entiendo. Ya veo que a ustedes se les aguaron los sesos con la pena.

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