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Santiago- ¡Que no, vieja, que no! ¡Todos hemos sido testigos de esto! Las mujeres las primeras y los hombres después. Ande, hable con la madre de Jesús. ¡Que ella le cuente!

Zebedeo- ¡Pero que mala estrella me alumbra! ¡Mi Salomé loca, mis dos hijos todavía peor! ¡Y Jesús bajo la tierra! ¡Qué viaje éste del demonio!

Felipe- ¡Pero si ya no hay demonio ni nada que se le parezca! ¡Dios echó los dados y le ganó la partida a todos los demonios juntos! ¡Ellos mataron a Jesús, pero Dios mató a la muerte y lo sacó vivo de la tumba! ¡Está vivo, Zebedeo, el moreno está vivo!

Zebedeo- ¡Calla, Felipe, calla y no loquees más! ¡Pero, qué fiebres serán éstas, Dios santo!

Nos quedamos sin saliva contándoles una y otra vez las mismas cosas. Pero no terminaban de creernos. Y es que a nosotros los pobres, acostumbrados desde siempre a perder, con tanto callo de dolor en el alma desde hacía siglos, aquello nos parecía demasia­do hermoso para ser verdad.

Hacía ya tres días que habíamos regresado a Galilea. Era medio­día y al volver al lago los reunimos a todos. Teníamos que contarles lo que nos había pasado aquella misma mañana. La vieja Rufa, Rufina y los muchachos de Pedro, Jonás, mi padre, Zebedeo, la mujer de mi hermano Santiago y algunos vecinos más, en cuclillas sobre el suelo de tierra de la casita de Pedro, nos miraban ansiosos, pendientes de nuestras palabras.

Pedro- ¿No se lo decíamos? ¡Pues ahí lo tienen! ¡Ha estado aquí!

Rufa- Pedro, mi hijo, ¿no habrá sido un sueño? Mira que tú sueñas las cosas muy a lo vivo.

Pedro- Pero, ¿qué sueño, abuela Rufa? ¿Cómo es la cosa entonces?

Zebedeo- Bueno, bueno, está bien. No fue un sueño ni una pesadilla. ¿Qué fue lo que pasó entonces? Clarito y por partes. Explícalo tú, Pedro.

Simoncito- Clarito y por partes. Explícalo tú, papá.

Rufa- ¡Cállese la boca, muchacho!

Pedro- ¡Y prepare bien esas orejas sucias, Simoncito! ¡Que un día usted le contará esto mismo a sus hijos!

Pedro se sentó en medio de todos y empezó a contar lo que nos había pasado…

Pedro- ¡Compañeros, con este viento y estas nubes me huelo que habrá buena pesca!

Juan- ¿Tú crees, tirapiedras?

Pedro- Estoy seguro, Juan. Mis narices no se engañan. ¡Ea, vamos a probar suerte! ¡Será buena, ya verán!

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