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Pedro- El flaco Andrés, Juan, el pelirrojo, Felipe y el Nata, y Tomás, que se mareó como siempre, se montaron conmi­go en la barca. Era bien de madrugada. Las estrellas brillaban sobre nuestras cabezas que parecía que se iban a desprender del cielo y caernos encima.

Pedro- ¡Oye, Andrés, vamos a echar las redes allá! Me da que ahí hay un buen banco de peces. ¡Condenados, los vamos a agarrar mansitos! ¡Seguro! ¡Rema, Santiago, rema!

Santiago- ¡Uff! ¡Nada, Pedro, nada! Ni aquí ni allá ni acá… ¡Me parece a mí que tus narices!

Tomás- ¡Esta no-noche no pe-pescamos ni pa-para el de-desayuno!

Pedro- No seas desconfiado, Tomás. Ea, vamos a enfilar para arriba, hacia Betsaida. ¡Allí habrá buenos dorados! ¡Seguro que ahora acertamos!

Juan- ¿Seguro, Pedro?

Pedro- ¡Palabra del hijo de Jonás! Si lo digo, lo digo. Compañeros, háganme caso! ¡Vamos!

Pedro- Pero, qué va... Nos pasamos la noche entera echan­do una y otra vez las redes y siempre las sacábamos vacías. Caramba con la mala suerte, decía yo, pero seguía dale que dale probando, de puro terco. Pero qué va, ni uno. ¡No pescamos nada en toda la noche!

Juan- ¡Por la almohada de Jacob, qué sue­ño tengo!

Santiago- Pues Felipe y Natanael están roncando desde hace rato.

Juan- ¡Ya va a amanecer! ¡Última vez en la vida que te hacemos caso, narizón!

Pedro- Bueno, está bien, está bien. Vamos a casa ya. A ver si nos echamos algo caliente en la tripa.

Pedro- Empezamos a remar hacia Cafarnaum y cuando es­tábamos llegando, como a doscientos codos del embarcadero ése de las Siete Fuentes, vemos allá a lo lejos, en la orilla, a un tipo haciéndonos señas. Al principio, no entendíamos lo que decía, pero después ya lo oímos bien. Quería saber si habíamos pescado algo. Bah, qué gracioso, ¿no? Yo le grité con rabia: Nada, hombre, nada, ¡ni falta que nos hace! Pero entonces, va y nos dice que echemos la red por la derecha que allí encontraríamos. A mí aquello me calentó la sangre, pero después me dio un pálpito… Y bueno, echamos las redes. ¡Al momento estaba repleta de pescados!

Juan- Bueno, ya se sospecharán quién era aquel hombre, ¿no?

Rufa- Ay, mi hijo, sería ese Serafino, que es tan madrugador.

Juan- ¡Qué Serafino! ¡Era el moreno! ¡Sí, sí, Jesús en persona!

Pedro- La verdad es que nadé más rápido que una anguila y

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