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Rufina- Pues yo que soy su mujer, he oído cosas peores, ¿saben? ¡Sí, eso es lo que le gusta a él, mandar y mandar y abrir la boca y que todos se callen!

Pedro- ¡Y tú la primera, Rufina!

Rufina- ¿Ven? ¿Ven lo que les digo? ¡Mucho bla-bla con la justicia, pero luego, en casa, peor que el rey Nabuco!

Pedro- ¡Que se calle le digo!

Rufa- ¡Pedro, mi hijo, baja esos humos, que así no hay Dios que te aguante!

Pedro- ¡Usted también se calla, suegra!

Simoncito- ¡Y usted también se calla, papá!

Pedro- ¡Mocoso del demonio! Pero, ¿qué está pasando aquí hoy? ¿Se han conchabado todos contra mí? ¿Qué quieren? ¿Bajarme de la silla para sentarse ustedes? ¿Eso, verdad, eso?

Juan- No, Pedro, no. Lo que queremos es que no haya silla. Ni silla ni trono ni primer puesto. Queremos sentarnos en el suelo, todos juntos, como Jesús nos enseñó, y poder conversar sin que nadie mande callar a nadie, ¿comprendes?

El tirapiedras se quedó enfurruñado un largo rato. Pero luego, como tenía tan buen corazón, hizo las paces con Rufina, su mujer, y con la suegra, y con nosotros. A Pedro, como a todos los que conocimos a Jesús, se nos hizo muy difícil comprender lo que él tantas y tantas veces nos repitió: que el enviado no vale más que el que lo envía, que el más grande entre nosotros tenía que ha­cerse como el más pequeño, y el primero como el último. Se nos hizo muy difícil, pero de Jesús mismo lo fuimos aprendiendo. Porque, ¿quién es más grande, el amo que está a la mesa o el criado que le sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues Jesús, que era el Maestro y el Señor, estuvo en medio de nosotros como el que sirve.

Juan 21,1-19

1. En las orillas del lago de Galilea, en la zona de Tabgha, hay un muelle donde fue construida una iglesia con ladrillos de basalto negro, que conserva en su interior una piedra muy grande, a la que la tradición llama «mesa del Señor». La iglesia recuerda el encuentro de Jesús resucitado con sus compañeros, la comida que habrían tomado sobre esta «mesa» natural y la conversación con Pedro, en la que Jesús le confió el cuidado de la primera comunidad cristiana. Junto a la iglesia quedan aún unas escaleras de piedra que fueron parte del embarcadero que hubo en esta zona del lago en tiempos de Jesús.

2. Ciento cincuenta y tres es una cifra formada por tres grupos de cincuenta, a los que se le añade el tres. Para Israel, el número 50 era sinónimo de madurez, de término (Pentecos­tés = 50 días después de Pascua). Y el 3 el número de la divinidad (Dios es el tres veces santo, a Abraham Dios se le aparece en forma de tres caminantes).

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