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En el relato pascual de la pesca, el fruto del trabajo de los após­toles, representado por los 153 peces que capturaron, simboliza las primeras comunidades cristianas (cada grupo de 50), multiplicadas por la presencia de Dios en Jesús (el 3).

3. Si el pastor simbolizaba en Israel al rey, al Mesías, al mismo Dios, el verbo «pastorear», cuidar a las ovejas, se usaba también en el sentido de «gobernar» (Salmo 78, 70-72), evocando al oficio de David antes de ser ungido rey. Jesús, tanto con su actitud como con sus palabras, cambió el significado del pastoreo como cambió el del señorío o el de la realeza. Ser pastor, ser rey, ser señor significó una sola cosa para Jesús: servir a Dios y al pue­blo hasta dar la vida (Juan 15, 14-15).

El relato con el que se cierra el evangelio de Juan, en el que Jesús confía a Pedro el cuidado de la comunidad, es una «lección» sobre el espíritu de equidad y de servicio que debe reinar en la comunidad cristiana si quiere ser fiel a Jesús, que con tanta insistencia proclamó la igualdad radical de todos los seres humanos ante Dios, única autoridad y único Padre (Mateo 20, 25-28; 23, 8-12).

130- SOBRE LAS NUBES DEL CIELO

Muchacha- ¡Pero no me lo diga, vecina!

Vecina- Sí, sí, como lo estás oyendo: mañana por la maña­na, Jesús, el de Nazaret, se presentará en esa loma. ¡Ahí mismito será el prodigio! ¡Lo nunca visto: un muerto vivo! Dicen que lleva cuarenta días apareciéndose por aquí y por allá, ¡y que ahora es cuando va a subir al cielo!(1)

Muchacha- Ay, Dios mío, ¿y qué voy a hacer yo con la comida? ¿Y quién me cuida la casa?

Vecina- ¡Olvídate de eso, muchacha! ¡A mí, que me roben o que se me quemen las lentejas, me da lo mismo! ¡Pero yo no me pierdo una cosa así ni por el tesoro de Salomón! ¡Ea, corre y avísale a la cheposa y al viejo Nemesio y a mi comadre Tilita. ¡A todo el mundo! ¡Que no falte nadie!

Muchacha- ¡Descuide, vecina, todo el barrio estará mañana allí! ¡Hasta al loco Martín se lo voy a decir!

No hizo falta avisar mucho. La voz de que Jesús se iba a aparecer junto al lago de Tiberíades, en la colina de las Siete Fuentes, corrió más rápida que una liebre y, antes de ponerse el sol, ya todos estaban enterados. Aquella noche nadie durmió en Cafarnaum. Y cuando los gallos anunciaron el nuevo día, hombres y mujeres, viejos y niños, todos salieron por la Puerta del Consuelo y echa­ron a andar hacia la colina donde ocurriría el prodigio.

Muchacha- ¡Es una emoción la que siento! Mire, póngame la mano aquí... ¿Se da cuenta?

Vecina- ¡Caramba, muchacha, tienes el corazón dándote brincos!

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