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María- ¿Lo que me acuerde? Pero, qué curiosos son ustedes, ¡caramba! Qué sé yo, tanto tiempo, tantas cosas. Se me confunden en la cabeza y... Bueno, está bien, está bien, habrá que empezar por José. Sí, por él hay que empezar.

José- ¡A los buenos días, María! ¡Dichosos los ojos que te ven!

María- Ya salió éste con sus cosas... ¡Ay, José, tú no tie­nes arreglo!

José- ¿Y cómo voy a tenerlo, si eres tú la que me tienes estropeado?

María- Pero, si me 1o has dicho ya sepetecientas veces y todavía no te derrites. Anda, sigue, sigue tu camino, cuentista.

José- ¡Pues claro que voy a seguir! Voy a seguir diciéndote que eres el lucero de mis noches y la cataplasma de mis heridas, sandalia de mi camino, fuente de mi desierto, harina de mi pan, agua de mi gaznate...

María- Pero, ¿qué te pasa a ti hoy, José? ¿Te has vuel­to loco?

José- ¡De remate! ¡Y la culpa la tiene la nazarena más linda de este país!

Nazaret era un pueblito de nada. Más pequeño que una nuez. Jóvenes casamenteros había en aquel tiempo cuatro, que yo recuerde. Y muchachas, éramos tres. A mí me gustaba mucho José, aquel muchachote que lo mismo pegaba una puerta que pisaba uvas en el lagar que le ponía herraduras a un mulo. Desde niños habíamos jugado juntos. Luego, cuando fuimos creciendo, nos empe­zamos a querer. Me acuerdo que, al principio, nos poníamos colorados cuando nos encontrábamos en el campo y entonces a él se le soltaba la lengua y empezaba a decirme cosas y se reía mucho. Y yo me reía todavía más. A mi padre, Joaquín, también le gustaba José, porque era muy traba­jador. Por eso, se fue un día a ver a su padre. Iban a hacer el trato para la boda.(2)

Compadre- Bueno, compadre Joaquín, con dos ojos que uno tenga en la cara ve que estos muchachos nuestros están por lo que están. ¿No le parece a usted?

Joaquín- Me parece, compadre. Yo digo que es tiempo de que los dátiles entren en sabor y los muchachos en amor, como decía el difunto Rubén.

Compadre- No es por nada, compadre, pero mi José será lo que sea, un poco alocado como toda la gente joven de hoy, pero honrado lo es. Su muchacha se lleva un hombre de una pieza.

Joaquín- Pues mire, compadre, que yo no me quedo atrás. Mi hija tendrá lo suyo, que no hay mujer que no lo tenga, pero más derecha y más alegre que una flauta, así es ella. ¡Y llena de gracia mis que ninguna!

Compadre- Entonces, compadre Joaquín, por mí ya está todo dicho.

Joaquín- Y por mí no hay nada más que decir. ¿Trato hecho?

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