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Compadre- ¡Trato hecho! ¡Y que Dios le arranque los bi­gotes al que no lo cumpla!

Joaquín- Ahora lo que hace falta es que ese par de tórto­los tengan muchos hijos y nos llenen la casa de nietos, ¿no cree usted?

Compadre- ¡Claro que sí! Y, por cierto, hablando de hijos, ¿sus ovejas ya le parieron, compadre? Porque las mías ya están a punto...

A los pocos días nos hicimos novios.(3) Yo tenía quin­ce años y José, dieciocho.

José- ¡Ahora sí que no te me escapas, María! ¡Estoy más contento que un arco iris!

Después de la fiesta del compromiso, la vida si­guió más o menos lo mismo. José buscaba trabajo hasta debajo de las piedras, en la finca de don Ananías o más lejos, en Caná o en Séforis. Dios le echaba una mano y, a veces, tenía suerte. Quería ahorrar algunos denarios para cuando nos casáramos. Yo seguía haciendo lo de siempre: ayudar con mis dos hermanas mayores a mi madre, Ana, que estaba medio enferma por entonces. En casa había queha­cer para dar y tomar, porque éramos muchos. Todo seguía igual, pero para mí todo había cambiado. Ya no era una niña. Tenía novio, me iría pronto de casa. Estaba muy contenta por aquel tiempo.

Vecina- María, muchacha, has tenido suerte. Ese José te quiere más que a la niña de sus ojos. No hace más que decir cosas bonitas de ti.

María- Es un cuentista, eso es lo que pasa.

Vecina- Un poco feúcho sí es, pero lo que tiene de feo lo tiene de honrado.

Muchacha- ¡Mira tú ésta por dónde sale ahora! ¿José feo? Con esas espaldotas como una muralla y esos ojos tan así que tiene…

Vecina- Cuidadito, María, ¡que ésta te va a levantar el novio! ¡Óigame, Tina, no empuje, que el pozo no se va a secar!(4) Pasa tú, muchacha, que te toca a ti y tu madre te estará esperando.

Me acerqué al brocal del pozo y empecé a tirar de la cuerda para sacar el agua. Ya ni me acuerdo cómo pasó. Vi estrellitas en los ojos y después todo se me borró de delante.

Vecina- ¡Eh, que esta niña se ha desmayado!

Muchacha- ¡Agarra su cántaro, Sara, y ayúdame a llevar­la a casa!

Comadre- Échenle fresco. Eso es un mareo. ¡Con este calor, cualquiera!

Pasaron las semanas y me siguieron dando mareos. No me sentía bien. Se me aflojaban las piernas por cual­quier cosa. Mi madre me ponía emplastos de albahaca en la frente y me daba cocimientos de todas las yerbas. Pero seguía igual. Un día ya me di cuenta de lo que me estaba pasando. Ay, caramba, por las noches daba vueltas y vuel­tas en la

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