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estera y me amanecía sin haber pegado un ojo. Le rezaba fuerte a Dios para que me ayudara. Me acuerdo que lloraba mucho. Quería hablar con mi madre, pero no me atrevía. No sabía ni por dónde empezar. ¡Dios mío, qué asustada estaba! ¡Qué angustia! Un día tragué en seco, hice de tripas corazón, y me fui a ver al abuelo Isaías. Creo que mi abuelo era el hombre más viejo de Nazaret. Vivía en una casita muy pequeña, a la salida del pueblo. A pesar de los años, estaba más fuerte que un olivo y tenía muy pocas canas en aquella barba tan larga. Nunca usaba sandalias. Trabajaba en el campo durante todo el día y al caer el sol se sentaba a la puerta de su choza, a mascar dátiles y a tomar el fresco. Así lo encontré yo aquella tarde...

Isaías- ¡Miren quién viene por aquí! ¡Saludos, Ma­ría! Oye, muchacha, me ha dicho tu madre que andas con malestares, ¿no? ¿Cómo es eso, tan joven? Ana está preocupada contigo.

María- Sí, un poco.

Isaías- ¿Un poco? Un mucho. A ver, saca la lengua.

María- Ahhh...

Isaías- Pues la tienes limpia. ¿Y esos ojos? Vamos a ver... Colorados como una manzana. Ya le dije yo a Ana que te diera cáscaras de algarrobos. Son buenas. Tengo por aquí. ¿Quieres algunas?

María- Bueno.

Pero el abuelo no se levantó de la piedra en la que estaba sentado. Escupió una semilla y me sonrió.

Isaías- Te conozco, muchacha, te vi nacer. A ver, ¿qué es lo que me quieres contar? Porque tú has venido a de­cirme algo medio importante, ¿no es así?

María- Sí, abuelo, pero...

Isaías- Dime lo que te pasa. Ya sabes que la lengua la hizo Dios para moverla.

María- Abuelo Isaías, yo creo que no estoy enferma, sino...

Isaías- Claro, te pones a pensar en la boda, ¿no? Eso es natural, mi hija. Todas las muchachas se asustan cuando les llega la hora. Pero ya verás que todo sale bien.

María- No, abuelo, no es eso... Bueno, sí, sí es eso, pero...

¡Madre mía, cómo me costaba decírselo! El abue­lo me miraba con sus ojos grises y húmedos, como un cielo en día de lluvia, y seguía sonriéndome.

Isaías- ¿Qué pasa entonces, María? ¿Te da vergüenza decírmelo, verdad?

María- Sí, abuelo.

Isaías- Pues entonces, suéltalo rápido y sin pensarlo.

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