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María- Pero nadie me lo va a creer. Dirán que soy una tal y una cual… Yo quiero a José y él me va a dejar. No me volverá a mirar la cara. ¡Y yo entonces me voy a volver loca! ¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué, abuelo? Cuando lo sepan mis amigas... Me dirán que me saque al niño, que lo mate, para que nadie se entere... ¿Y yo qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer, abuelo?

Lloraba sin consuelo, agobiada por el peso de aquel niño que llevaba dentro. A través de mis lágrimas, alcé la cara, buscando en el abuelo una respuesta. No decía nada, pero me miraba sereno, contento, con una sonrisa que yo nunca olvidé en tantos años… Era la misma cara con la que yo pienso que Dios nos mira cuando estamos solos, cuando no sabemos... Después me levantó del suelo, me agarró por los hombros y me puso en pie. Yo sentí su fuerza y su esperanza.

Isaías- ¡Alégrate, María! ¡Alégrate, no me llores así, que Dios está contigo! Nadie se ha muerto, muchacha. Al contrario, un niño te va a nacer, se te va a dar un hijo. No hay alegría mayor que ésa, María. Con cada niño que viene a esta tierra es como si Dios empezara el mundo otra vez. ¡Alégrate, María, no tengas miedo!

Era como si aquellas palabras vinieran de lejos, de muy lejos, atravesando los montes y las colinas que abra­zan a Nazaret. Habían esperado mucho tiempo para ser dichas.

María- Pero... pero, ¿cómo es posible esto si yo no he estado con ningún hombre?

Isaías- Para Dios todo es posible, muchacha. Y él siempre se trae cosas grandes entre manos. Ve tú a saber lo que querrá hacer contigo y con ese niño que te ha dado. Acuérdate de Sara. Con las entrañas secas, con la esperan­za muerta, con tantos años encima. Y Dios la hizo reír y le regaló a Isaac. Acuérdate de la madre de Samuel y de la de Sansón. Eran tierra que no daba fruto. Y Dios se acordó de ellas y les puso un niño en los brazos. Dios es grande, María, y hace cosas maravillosas. Y no sólo en los tiempos antiguos, sino también ahora. ¿No has sabido que tu tía Isabel, con lo vieja que está ya, anda esperando un hijo?

María- Entonces, abuelo, ¿usted cree que Dios anda por medio?

Isaías- ¡Claro que sí, muchacha! Anda, dile que sí a ese niño, María. Tráelo a la vida. Dile que sí a Dios. Sea lo que sea, todo será para bien.

Y temblando, le dije que sí.(5) Y el aliento de Dios, la fuer­za de su espíritu, aleteó sobre mi cuerpo, como al principio del mundo. El abuelo Isaías tenía los ojos aguados cuando me despidió.(6) Yo volví a casa repitiendo una a una sus palabras. Aquel día florecieron en Nazaret los primeros almendros.

¡Alégrate, hija de Sión!

¡Alégrate y lanza gritos de júbilo, hija de Jerusalén!

Porque el Señor tu Dios está en ti,

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