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La cantidad variaba mucho de unos pueblos a otros y dependía de las posibilidades de la familia.

3. El matrimonio era precedido siempre por los esponsales o desposorio, que no era como el noviazgo actual. Estar desposados era prácticamente estar casados. Los desposados se llamaban «esposo» y «esposa». Y la infidelidad de la mujer durante el tiempo de esponsales era consi­derada ya como adulterio, aunque la unión entre los desposados no se hubiera consumado. Los esponsales eran algo más que una pa­labra dada. Creaban una relación jurídica y familiar muy fuerte. No se sabe con exactitud el tiempo que mediaba entre los esponsales y el matrimonio. Lo más ordinario era un año, pero dependía de los lugares, de las costumbres familiares y de la época del año.

Los esponsales preparaban el paso de la muchacha del poder de su padre al de su esposo. A veces, se celebraban cuando la novia era aún una niña de seis u ocho años. La edad más normal era a los doce o doce años y medio. A esa edad la muchacha era considerada ya una mujer adulta. En Israel las mujeres se casaban muy jovencitas. Los trece o catorce años eran edades muy frecuentes. Los hombres lo hacían con algunos años más: diecisiete o dieciocho. En las ciudades se daban muchos casos de matrimonios con pa­rientes, pues como las mujeres vivían muy encerradas era difícil que conocieran con cierta libertad a otros muchachos en edad de casarse. En el campo era diferente. Mujeres y hombres traba­jaban juntos desde pequeños en la recolección, en la siembra, y podían trabar amistad con más normalidad.

4. En el actual Nazaret brota aún agua del pozo que había en la aldea en tiempos de María, a donde ella tuvo que ir cientos de veces con sus amigas y vecinas. Está en el interior de una pequeña y hermosa iglesia ortodoxa griega, dedi­cada al arcángel Gabriel. Parte del agua de esta fuente se ha canalizado a otra, construida más recientemente en plena calle, en donde los nazarenos beben y llenan sus cubos de agua. Todos lo llaman «el pozo de María».

5. El texto de la anunciación y del sí de María elaborado por Lucas está inspirado literariamente en varias profecías: Sofonías 3, 14-18; Isaías 7, 14 y 9, 6. A lo largo de todo el Antiguo Testamento aparecen niños que nacen de forma sorprendente, como un regalo de Dios para sus madres, que eran estériles o viejas, sin esperanzas ya de engendrar. Es el caso de Isaac, patriarca del pueblo, hijo de la anciana Sara y de Abraham (Génesis 18, 9-14). El de Sansón, el gran juez de Israel, hijo de una mujer estéril (Jueces 13, 1-7). El de Samuel, primer rey de Israel, hijo de Ana, otra mujer estéril que pedía a Dios continuamente el regalo de un niño (1 Samuel 1, 1-18). Ya en el Nuevo Testamento, será el caso de Juan el Bautista, hijo de Isabel, una mujer anciana. Ante la gran personalidad de hombres como Isaac o Sansón o Samuel, los relatores de sus vidas quieren indicar, desde que cuen­tan su origen, que fueron un don de Dios para el pueblo, más que fruto del acto por el que sus padres los

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