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naciones de la tierra. Una muchedumbre in­mensa abarrotaba el valle de Josafat. Los ojos de todos es­taban fijos en el pequeño trono de madera que continuaba vacío.

Egipcio- Pero, ¿qué pasa aquí? ¿Hasta cuándo nos van a hacer esperar?

Mujer- ¿Dónde está Osiris, el dios de los egipcios?

Caldeo- ¡Qué Osiris ni Osiris! ¡Marduk! ¿Dónde está Marduk, el dios de los mesopotamios?

Griego- No entiendo qué puede haberle pasado. Zeus Olímpico nunca llega tarde.

Muchacha- ¡Ni Afrodita tampoco!

Judío- ¡Yavé, Dios de Israel, abre el cielo y baja pronto! ¿Dónde estás, dónde te escondes?

Ateo- Ya lo decíamos nosotros, que no hay dios. El trono se quedará vacío.

Mensajero- ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Hagan silencio, por favor!

El mensajero corrió y volvió a treparse en el pináculo de la muralla desde donde se divisaba todo el valle, ahora cu­bierto por aquel mar de cabezas que esperaban impacientes.

Mensajero- ¡Cállense, caramba, que ahí no hay quién juz­gue a nadie!

Pero la muchedumbre siguió discutiendo e invocando cada uno a sus dioses. Y no se dieron cuenta de aquel muchacho flaco, con la túnica llena de parches, que se fue abriendo paso entre todos. Llevaba en su mano un bastón de viaje y parecía muy cansado. Al fin, después de muchos empujones, el muchacho logró llegar hasta el centro donde estaba la datilera de hojas brillantes. Se secó el sudor, se acercó al taburete. Y se sentó.

Romano- Oye, ¿quién es ese atrevido que se sienta en el trono del Altísimo?

Mujer- Eh, tú, mocoso, ¿qué haces tú ahí? ¿Estás mareado por el calor? ¡Pues aguanta de pie como todos nosotros, caramba, que tú no eres mejor que nadie! ¡Mira a ése!

Entonces el mensajero, tocando la trompeta, consiguió un poco de silencio.

Mensajero- ¡Va a comenzar el juicio de las naciones! ¡Quítense todos las túnicas, las capas y los turbantes, toda la ropa!

Judío- Pero, ¿qué dice ese loco? Si nos quitamos los trajes, ¿quién sabe después quién es quién, eh?

Vieja- ¡Eso digo yo, juntos pero no revueltos!

Mensajero- ¡Cállense y obedezcan!

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