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María- Ayúdame, mamá, ayúdame.

Ana- Ay, hija mía, las cosas se piensan antes de hacerse. Ahora ya no hay remedio. Así que, a lo hecho, pecho.

María- Pero es que yo no he hecho nada, yo no...

Ana- Escucha, Mariíta, tu hermano Yayo tiene que viajar a Jerusalén la semana próxima, en una caravana de ésas que van a vender trigo. Te irás con él. Yo le diré a Yayo que te acompañe hasta la casa de Isabel y Zacarías.(1) ¿No te acuerdas de ellos? Sí, muchacha, son unos primos lejanos que tenemos nosotros. Hace muchos años que se fueron a vivir en ese pueblito que le dicen Ain Karem, cerca de la capital. Allí estarás bien cuidada. Y, además, como la Isabel también está esperando un hijo y ya le deben faltar pocos meses, pues mira, tú le puedes ayudar en algo y así no le comes el pan de balde, ¿me oyes?

María- Sí, mamá.

A la semana siguiente, pasó la caravana del trigo. Yayo, que era el mayor de mis hermanos varones, me aparejó un mulo y nos pusimos en camino con ellos, rumbo al sur. Yo iba muy asustada, ésa es la verdad. Llevaba puesta una túnica de rayas verdes, la única que tenía, y un pañuelo nuevo que me había prestado Susana.

Yayo- ¡Uff! ¡Qué calor! ¡Qué calor y qué hambre! Oye, ¿qué llevas tú ahí en esa cesta, María?

María- Son unas rosquillas de miel que mamá preparó.

Yayo- ¿Anjá? Pues dame una, que así se hace más corto el camino.

María- Que no, que son para tía Isabel.

Yayo- Pero dame una, caramba, una no hace nada.

María- Yo te conozco, Yayo. Después quieres otra y te las comes todas.

Yayo- Está bien, está bien. ¡Ja! ¿Con que rosquillas para doña Isabel? La rosquilla te la hicieron a ti, ¿verdad?

María- ¿Cómo dijiste?

Yayo- Vamos, vamos, no te pongas colorada. Dime… ¿Fue José, verdad? Fue él, ¿no es cierto?

María- No sé de qué me estás hablando, Yayo.

Yayo- No disimules, hermanita. Lo sé todo, ¿me oyes? Todo. Pero, no te preocupes, que cuando vuelva de Jerusalén, ¡ese mequetrefe va a saber quién soy yo!

María- Pero, ¿qué estás diciendo, Yayo? ¿Te has vuelto loco?

Yayo- ¡Estoy diciendo que a una hermana mía no la des­honra un pata de puerco como él! ¡Habrase visto un sinvergüenza!

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