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María- Yayo, por Dios, no grites, ¡te lo suplico! José no tiene la culpa de nada. El no me ha puesto un dedo encima.

Yayo- ¿Ah, no? ¿Y quién fue entonces? ¡Vamos, habla!

María- Yo no lo sé, Yayo. De veras, yo...

Yayo- No vas a decirme que fue una avispa que vino y se te hinchó la barriga. ¡Vamos, dime la verdad!

María- ¿No quieres una rosquilla, Yayo? Mira, toma una…

Seguíamos la ruta de las montañas. Yo nunca ha­bía salido de casa y todo me parecía nuevo y extraño. Los árboles, los pueblos, la gente. Después de tres jornadas de camino, muy cansados, llegamos a las tierras secas y ama­rillas de Judea. Vimos Jerusalén a lo lejos, pero nos sepa­ramos de la caravana y entramos por una vereda que sale a la aldeíta de Ain Karem.(2) Le dicen así, porque hay un manantial de agua muy fresca en medio de un inmenso viñedo. Allí, en una casita pequeña, vivían nuestros pa­rientes.

Yayo- Bueno, hermana, ya tú te las arreglas. Yo sigo rum­bo a la capital, que se me va a hacer tarde.

María- No, Yayo, por Dios, no me dejes sola. Me da vergüenza presentarme así, sin conocer a nadie.

Yayo- La vergüenza te debió haber dado antes y no aho­ra. ¡Adiós, María, que te vaya bien!

Por un caminito de tierra roja, me acerqué a la casa de tía Isabel. No tuve que tocar a la puerta. Ella salió a la recibirme con tanta sorpresa como alegría…

Isabel- ¿Que tú eres María, la hija de Joaquín y Ana? ¡No me digas una cosa así! ¡Ay, pero qué bonita estás, muchacha! ¡Y cuánto has crecido! Pero, ¿qué haces aquí, cómo viniste, quién te trajo?

María- Vine con mi hermano Yayo que venía a la capital.

Isabel- ¡Ay, María, qué alegría me has dado! ¡Ay, qué sorpresa! ¡Ay, qué buena idea ha tenido tu madre! ¡Ay, espérate, que el niño me está dando patadas! Mira, tócame, ponme la mano, ¿no lo sientes? ¿Sabes, Mariíta? ¡Es­toy esperando un hijo! ¡A la vejez, viruelas, como dicen! Pero, ven, entra para que conozcas a tu tío... ¡Zacarías, viejo, mira quién ha venido a visitarnos! El pobre, cuando se enteró que iba a ser papá, se quedó mudo del susto. ¡Zacarías! Y cuéntame, ¿cómo está tu madre, cómo están todos por allá?

Tía Isabel fue muy cariñosa conmigo. Me trató como a una hija. Me enseñó muchas cosas que yo no sabía: a usar el telar y a tejer con hilo fino, que eso no se conocía en Nazaret. También me enseñó unos guisos de lentejas rojas. Ella decía que eran los que Rebeca 1e hacía a Isaac y que con eso las muchachas aseguraban a sus novios. No me pude quejar, ésta es la verdad. Tía Isabel me ayudó mucho y me dio mucha confianza. Sobre todo aquel día que yo esta lavando ropa en el

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