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patio y me caí.

Isabel- Un mareo hoy y otro ayer y otro el sábado. Son muchos mareos para una sola semana, ¿no?

María- Es el calor, tía.

Isabel- ¿Y no será otra cosa? Mira, mi hija, que ya una es vieja y conoce al ciego durmiendo y al cojo sentado.

María- Tía Isabel, yo... yo tengo que decirle una cosa...

Isabel- Que estás preñada, ¿no es eso? Ven, muchacha, ven, vamos a conversar en aquella sombrita. Desahógate conmigo. Mira que el alma es como la tripa, cuando tiene muchas cosas dentro, se indigesta.

Empecé a hablar y a hablar y se lo conté todo…

Isabel- Así que vas a tener un hijo… Bueno, pues esta­mos empatadas. Tú me ayudas primero con el mío y luego yo te ayudo con el tuyo, ¿qué te parece, Mariíta?

María- Pero, tía, ¿usted me cree lo que yo le he con­tado?

Isabel- Claro que sí, mi hija. ¿Por qué no? Dios es gran­de y hace cosas grandes. ¡Si lo sabré yo! Mírame a mí. Yo estaba como la mujer de Abraham, con la fuente seca, ¿entiendes? Y Zacarías ya viejo. ¿Qué esperanza teníamos? Ninguna. ¡Ay, mi hija, cuántas noches pidiéndole a Dios que se apiadara de mí, que me dejara tener un hijo! ¡Sólo Dios sabe cuánto he llorado durante estos años! Y Zacarías, que siempre fue cascarrabias, se ponía cada vez peor y me echaba la culpa a mí, y yo, tragando lágrimas. Pero, ¿qué podía hacer yo, dime? Hasta que llegó el día de Dios. Sí, mi hija, sí, Dios tiene su hora y su momento. Y aquella mañana Zacarías(3) fue como siempre al templo con los otros sacerdotes de su grupo para quemar incienso.(4) Y se quedó rezando mucho tiempo, mucho. Y por la tarde, cuando volvió a casa, con aquellas ojeras tan tristes, yo le dije: Alégrate, viejo, y ve haciendo sitio en la estera que pronto tenemos visita. Y me dice él: ¿Quién demonios viene a casa?. Y le digo yo: ¡Un angelito, un hijo tuyo! ¡Estoy preñada, viejo! Ay, María, decirle aquello y que­darse mudo fue todo uno. Y es que él no se lo creía, qué va, porque él ya había perdido la esperanza. Pero mira tú cómo sería el alegrón que ya van siete meses y sigue con la lengua amarrada. ¡Las cosas de Dios!

María- ¡Qué historia tan linda, tía Isabel!

Isabel- Pues la tuya será más bonita aún, María, ya lo verás, ya verás que sí.

María- Dios tuvo misericordia contigo.

Isabel- ¡Y dilo, mi hija, y dilo, que si él no mete su mano, lo que es por Zacarías! Oye, ¿sabes una cosa? Eso que has dicho me gusta: misericordia. Es un nombre muy boni­to. Pues, mira, si me sale varón, lo llamaremos "Juan", por lo de la "misericordia".

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