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Cuando se le cumplieron los meses, Isabel tuvo un niño grande y fuerte. Todos los vecinos de Ain Karem, al saber la alegre noticia, vinieron a felicitar a tía. Y le regalaron gallinas y dulces y tarros de miel, que hay muy buena por esos montes.

Vecina- ¡Caramba, Isabel, es verdad lo que dicen que nunca es tarde si la dicha es buena! ¡Mira, qué varón! ¡Ala­bado sea Dios! ¡Qué muchacho más hermosote!

Y a los ocho días, como era la costumbre, llamaron al rabino para que circuncidara al recién nacido. La casita de Zacarías reventaba de gente y de cantos y de festejos.

Vecina- ¡Ea, Isabel, felicidades, y que Dios le bendiga la criatura! ¡Qué muchachón, caramba, dan ganas de comérselo!

Isabel- Pues no me lo coma, vecina, que sólo tengo éste ¡y ya bastante trabajo me costó conseguirlo! Pero, al final, Dios tuvo misericordia de mí.

Vecina- Oiga, doña Isabel, ¿y cómo se va a llamar?

Isabel- Así mismo. Juan será su nombre.

Vecino- ¿Juan? Pero, ¿cómo? En tu familia no hay nadie que se llame Juan.

Isabel- Tampoco en mi familia hubo ninguna que pasara tanto trabajo para parir. ¡Se llamará Juan!

Vecina- Claro, ésta se aprovecha, como el viejo Zaca no puede hablar. Míralo, míralo por dónde viene... Oiga, Zacarías, venga acá, ¿qué le parece a usted? ¿Cómo se va a llamar el niño?

Zacarías- Mmmmmmmmmm...

Vecina- Espérese, que ni el sabio Salomón lo entiende a usted...

Zacarías- Mmmmmmmmmm…

Isabel- Una tablilla. Dice que le traigan una tablilla.

Vecina- Pero, ¿tú le entiendes esa jerigonza, Isabel?

Isabel- ¡Ay, mi hija, ya vamos para treinta y cinco años juntos, imagínate.

Y le trajeron la tablilla y el cálamo y tío Zacarías escribió las letras del nombre que tía y él querían ponerle al muchachito.

Vecina- ¿Qué dice ahí, viejo Zaca, deje ver?

Vecino- ¿Juan? ¡No, Juan no! ¡De ninguna manera!

Zacarías- Mmmmmmmm… ¡Juan, sí! ¡Juan es su nombre, caramba!

Vecina- ¡Óigalo, Isabel, a su marido se le soltó la lengua!

Al tío Zacarías se le iluminó la cara y se le aguaron los ojos, aquellos ojos gastados de tanto esperar, pero ahora radiantes por la alegría de ser padre, por el gozo de haber traído un hijo al mundo.

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