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A regañadientes, la muchedumbre obedeció aquella orden y, en una esquina del valle se alzó una torre con los trajes amarillos, con las capas rojas y los turbantes azules, con las túnicas de todos los colores. El mensajero roció la torre con azufre y prendió candela. Y en un instante, en un chasquido de dedos, la humareda se elevó hasta el sol y sólo quedaron las cenizas. Y todos los hombres, los grandes y los chicos, todas las mujeres, las pequeñas y las viejas, los que ha­bían viajado desde oriente y desde occidente, desde el norte y desde el sur, quedaron en cueros ante el trono de Dios. Entonces el muchacho flaco que estaba sentado a la sombra de la datilera, se puso en pie, apoyado en el bastón, y comen­zó a hablar.

Muchacho- Amigos, amigas, perdonen que les haya hecho espe­rar. Es que... acabo de salir de la cárcel y estaba un poco cansado. Llevo muchos años preso, de una cárcel a otra. Y muchos años pidiendo trabajo, tocando en una puerta y en otra. Sí, trabajé en el campo, pero la finca no era mía. He sembrado durante siglos sobre tierra ajena. He sudado en tantos talleres, he doblado el lomo en tantos telares, he tragado el humo en muchas cocinas, el polvo en muchas minas… He lavado montañas de ropa... y sólo para ganar un par de monedas y seguir pasando hambre. Y seguir durmiendo al raso, sin cobijo, y temblar de fiebre sin tener un trapo que echarme encima. He caminado mucho por el mundo. He nacido en muchas chozas y he muerto en todas las guerras. He atravesado valles de miseria hasta llegar hoy aquí. He navegado ríos de lágrimas hasta poder estar con ustedes. Se acuerdan de mí, ¿verdad? ¿O es que no saben quién soy? ¿No me reconocen?

Entonces hubo un silencio como de media hora. Todos los habitantes de la tierra, amontonados en el valle de Josafat, intentaron recordar dónde habían visto a aquel muchacho, porque su cara les resultaba muy conocida, muy familiar.

Egipcio- Pero, ¿ése no es Martín, el que llegó aquella no­che pidiendo un plato de sopa?

Ateo- No, hombre, no, ese es Lalo, el tipo aquel que se metió en la huelga de los campesinos y después lo golpearon tanto...

Mujer- ¡Qué curioso! ¡Yo conocí a una viuda que era igualita a él!

Mientras todos discutían, se oyó una voz profunda, como la voz de muchas aguas, que venía de arriba, de junto al sol.

Dios- Lo que hicieron con él, lo hicieron conmigo. Lo que dejaron de hacer con ella, lo dejaron de hacer conmigo.

Entonces, el muchacho que estaba sentado en el taburete, sobre la piel de cordero, levantó el bastón que tenía en la mano. Era como el cayado de un pastor. Y con aquel cayado separó a la inmensa muchedumbre que tenía delante, unos hacia un lado y a otros hacia el otro.

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