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José- Bueno, sí, señora, yo... yo vine a hablar algo con María...

Isabel- Algo y mucho. Pero para hablar tendrán tiempo después. Ahora ven, para que te laves los pies y comas algo.

José- No, señora, yo no quiero molestar, yo...

Isabel- Vamos, muchacho, no disimules, que tienes unas ojeras más grande que los pliegues de mi túnica. Y no debes haber comido nada caliente desde que saliste de Nazaret, ¿verdad? Vamos, entra. Ahora llamo al viejo. ¡Zacarías, ven para que conozcas al novio de Mariíta! Va­mos, muñeco, tranquilo... Juanito... ¿Es mi hijo, sabes? Ayer cumplió un mes. Y no es porque sea mío, pero dímelo tú, José, ¿no es más bonito que un querubín?

¡Qué bien se portó tía Isabel con José! Lo hizo entrar en la casa, le preparó un guiso, lo puso a descansar en el cuartito del fondo. Después, tío Zacarías le enseñó la huerta y una crianza de gallinas que tenía junto al pozo. Entre los dos le ensancharon el corazón. Y luego, cuando el sol ya iba bajando, en esa hora de la tarde en que todo vuelve a la calma, en que todo se ve con más serenidad, José y yo nos sentamos a conversar, junto a un olivo verde del patio.

María- Pues... no sé por dónde empezar.

José- Pues... yo tampoco.

María- ¿Qué han dicho de mí en la aldea?

José- Bah, tonterías. Sólo saben darle a la sin hueso.

María- ¿A la qué?

José- A la lengua, María. Por eso se muevetanto.

María- Dime, José... ¿tienes más confianza en lo que yo te diga que en lo que te hayan dicho tus amigos?

José- ¿De... de quién es el niño?

María- No lo sé.

José- ¿Cómo que no lo sabes?

María- No lo sé, de veras. Mira este árbol... Yo no sé quién lo ha sembrado, pero a cuánta gente no le habrá dado sombra, ¿verdad?

José- Si no te explicas mejor...

María- José, tampoco a una flecha le pregunta uno de qué arco salió sino a dónde se dirige en su vuelo. Escucha, antes de venir aquí, yo fui a hablar con el abuelo Isaías…

Le conté todo a José, desde el principio. Y él me escuchó en silencio, sin pestañear. Después, puso sus ojos sobre los míos, me agarró fuerte las manos y se quedó un buen rato así, callado.

José- ¿Por qué no me lo dijiste antes, María?

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