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José- No te preocupes, María... Me dijeron que los galileos tienen un sitio allá en un descampado. En las posadas de aquí sólo entran los ricos.(3) Estos paisanos tienen fama de careros. Te cobran hasta por respirar.

Atravesamos como pudimos el pueblo, por las ca­lles estrechas y retorcidas, empantanadas por el barro. Jun­to a ellas, se amontonaban las casitas blancas, de techo redondo. Los camellos y los animales de las caravanas temblaban de frío, con los pelos enmarañados, empapados por la lluvia. Yo me apoyaba en José para no caerme. Y José se apoyaba en su largo bastón tirando de la cuerda a nuestro mulo. El testarudo andaba a trompicones.

José- ¿Te sientes bien, María?

María- Estoy cansada. Mira, me da el corazón que la cosa ya está cerca. Este niño se está moviendo demasia­do. Parece que tiene prisa.

José- O será que nos va a salir bailador, como el rey David. ¡Algo tendrá que sacar de él si nace en su pueblo!

No duró mucho la lluvia. Detrás de ella, un viento fresco barrió las nubes y, al llegar la noche, el cielo quedó limpio, lleno de estrellas. Los galileos teníamos nuestro cam­pamento en las afueras, en un llano sembrado de palmeras desde donde se veían las luces de Belén.

Galileo- ¡El que quiera más aceitunas, ahí tiene! ¡O dátiles! ¡Esta noche todo es de todos, paisanos!

Viejo- ¡Hasta los piojos, caramba!

Recuerdo que hicimos una fogata grande y nos juntamos alrededor para comer algo. Algunos hombres se pusieron a cantar viejas canciones de aquella tierra, que sus abuelos les enseñaron. Los niños que habían venido en la caravana jugaban cerca del fuego. Estábamos alegres. Nos apretábamos unos contra otros para olvidar el frío, descansando del largo viaje.

Galileo- Mira que hacernos atravesar el país entero sólo para anotarnos el nombre en un papiro de ésos. ¡Ro­manos sinvergüenzas! ¡Ya las pagarán todas juntas cuando llegue el Mesías! Ése les va a hacer tragar tanto papel y tanta ley y tanto César Augusto...

Vieja- Ése sí que va a ser un día de alegría gorda, sí señor, ¡como cuando la cosecha sale buena! ¡Un día de fiesta!

Muchacho- ¡Y nosotros que lo veamos, vieja! Dicen que los profetas tienen anunciadas grandes cosas para en­tonces. ¿Saben lo que contaba mi abuelo? Que ese día el lobo y el cordero serán vecinos y no pelearán, la vaca y la osa serán compañeras y acostarán juntas a sus crías. ¿Us­tedes se imaginan? ¡Ah, caramba, eso sí que será vivir con tranquilidad, sin sobresalto!

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