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Vieja- ¿Ah, sí? ¡Pues a ver si lo pares tú, zoquete! ¡Fuera, fuera!

José- Déjame quedarme a mí. ¡Soy el padre, caramba!

Mujer- Pues si eres el padre, haz algo útil. ¡Ve trayendo agua caliente en un cántaro y un par de paños limpios!

La noche entró en su primera guardia. Yo seguía allí, sobre las pajas, bañada en sudor, en la tremenda lucha de dar a luz apretando con ansiedad la mano de una de aque­llas mujeres que tanto me ayudaron.(4)

Mujer- Vamos, María, que todo va muy bien. Ayúdalo a nacer. Anda, respira fuerte. Así, así...

María- ¡Ay!… ¡Ay!

Vieja- ¡Qué cosas! Ayer el de la Rebeca y hoy el de la María. ¡Dos días, dos partos! ¡Lo que es los galileos vamos a llenar el país!

¡Qué largas se me hacían las horas! Los dolores iban y venían como las olas del Mar Grande. La cueva seguía en penumbra, llena de mujeres. Los hombres, fuera, conversaban y cantaban, esperando la llegada del niño. Nadie durmió aquella noche.

Mujer- ¿Todo va bien?

Vieja- Claro que sí. Lo que pasa es que debe ser muy grande este niño.

Vieja- Vamos, María, un último esfuerzo, muchacha.

Mujer- Ponle un trapo con agua en la cabeza, Anita, refréscala.

Vieja- ¡Vamos, vamos, que ya viene! Sujétale bien las piernas, Noemí.

María- Ahh... ¡Ay! ¡Ay!

Mujer- Empuja más fuerte, María... ¡que ya está ahí la cabeza!

Vieja- ¡Ya está aquí! ¡Bendito sea Dios!

Mujer- ¡Es niño! ¡Has tenido un varón!

Mujer- ¡Corre, Chichí, avísale al padre!

José vino corriendo…

José- ¡María!

María- ¿Es bonito, José... es bonito?

José- Es precioso... ¡y se parece a mí! ¡Ja! Digo, por decir algo... Te quiero mucho, María.

Vieja- ¡El marido déjese ahora de besuqueos, que la mujer parida tiene que descansar!

Mujer- ¡Estos hombres! ¡Como ellos no pasan los do­lores!

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