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Caldeo- Oye, tú, espérate, ¿y todos los sacrificios que hice yo en honor de Dios, eh?

Romana- ¿Y las oraciones que rezamos día y noche?

Griego- ¡Yo quemé incienso, encendí velas, entré en todos los templos y me arrodillé ante todos los altares!

Pero el muchacho, con el cayado en la mano, respondió...

Muchacho- Nada de eso cuenta ahora.

Judío- ¡Señor, Señor, en tu nombre hablamos, en tu nom­bre predicamos, en tu nombre hicimos hasta milagros!

Muchacho- ¿Quién eres tú? Yo no te conozco.

Judío- ¿Que no me conoces? ¿Cómo puedes decir eso? ¡Yo era el sumo sacerdote del Templo!

Egipcio- ¡Y yo fui sabio y desentrañé los más ocultos enigmas!

Romano- ¡Y yo fui rey de cuatro imperios!

Pero el muchacho volvió a responder...

Muchacho- Nada de eso cuenta ahora.

Entonces volvió a abrirse el cielo y se escuchó nuevamente la voz profunda del Dios escondido, del único Dios verda­dero cuyo nombre es Misterio y a quien ningún mortal vio jamás.

Dios- Los de este lado, váyanse fuera. A ustedes no les importó el hambre ni el frío ni la miseria de sus hermanos. Váyanse fuera. Ustedes sí, vengan conmigo. Ustedes, los que me vieron con hambre y me dieron de comer. Las que me vieron sediento y me alcanzaron un vaso de agua. Los que me abrieron las puertas de sus casas cuando andaba buscando un techo para pasar la noche. Las que me acompa­ñaron cuando estaba enfermo, cuando estaba preso. Los que lucharon por la justicia, las que amaron a sus herma­nos. No importa a qué dios hayan adorado. ¡Vengan conmigo!

Entonces el mensajero corrió, se subió en la muralla y tocó por última vez la trompeta.

Mensajero- ¡El Juicio ha terminado! ¡Comienza la Eter­nidad!

Y, desde lo alto del pináculo, el mensajero de Dios vio cómo todos los habitantes del mundo formaban ahora dos grupos, sólo dos. Y echaban a andar por dos caminos, sólo dos. Era ya el atardecer y el valle se fue quedando nuevamente vacío, como al principio.

Esta historia se la oímos contar a Jesús en el atrio del Templo de Jerusalén, junto a la Puerta Dorada, la que da al valle del Cedrón, al que nuestros paisanos también llaman el valle de Josafat.

Mateo 25,31-46

1. La tradición de Israel situó en el llamado valle de Josafat el lugar donde se celebraría el juicio final (Joel 4, 2 y 12). Josafat

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