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por la noche y por el día.

Chepe- Eh, tú muchacho, ¿qué celebran ustedes con tan­ta bulla? ¡Nos han cortado el sueño por la mitad!

Hombre- Pero, ¿no se han enterado? ¡Una buena noticia, amigo! ¡Una paisana parió esta noche!

Baboso- Bah, entonces no es para tanto. Todos los días las mujeres de Belén dan a luz y no armamos tanto jolgorio.

Hombre- Pero esto es distinto. A un galileo que nace fuera de su tierra hay que recibirlo con más aprecio. Ade­más, después de tanto viaje ya teníamos ganas de fiesta, ¡hombre!

Chepe- Y, a ver, ¿dónde está la criatura?

Hombre- Allá, en la cueva ésa, detrás del palmeral.

Chepe- Querrás decir en «mi» cueva. Porque ese lugar es mío y de mis ovejas.

Hombre- ¡Ea, viejo, no sea cascarrabias! Vamos, ven­gan también ustedes a verlo y a brindar. Aún habrá dátiles y un poco de vino.

Chepe- Dejen las ovejas ahí, en ese claro, muchachos.

Hombre- ¡Compañeros, oigan, estos pastores vienen a festejar con nosotros! ¡Oyeron la música y corrieron hacia acá!

Chepe- Así fue. ¿Y dónde está el padre de la criatura?

José- Soy yo, viejo.

Chepe- ¿Es el primero, hijo?

José- Sí, el primero.

Chepe- Pues que vengan muchos detrás. Anda, enséñame a tu muchacho.

Cuando entraron los pastores, la cueva se volvió a llenar de gente.

Chepe- A ver, ¿dónde está la buena moza que se ha colado a parir en mi cueva?

María- Aquí estoy, abuelo. Échemele una bendición al niño.

Chepe- ¡Que Dios te bendiga, muchacho! Está bien forma­do, sí. Ninguna oveja me ha parido un cordero tan hermo­so como tu hijo, mujer.

El viejo pastor de barba gris se acercó a Jesús y le acarició la cabeza. Los otros dos, jóvenes y fuertes, tostados por el sol de Judea, hicieron lo mismo. Debían de ser sus hijos. Uno de ellos se acercó a José.

Baboso- Toma. Te lo regalo.

José- Y esto, ¿para qué es?

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