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Ana- Lo que dice Joaquín, que en vez de estar charlataneando, hay que ponerse a trabajar. Vamos, las mucha­chas, a ayudarme en la cocina. Y tú, Mariíta, recuéstate un rato, hija.

Joaquín- Pues yo voy ahora mismo a avisarle al rabino. Que mañana hay que circuncidar a este morenito. Y, llámese como se llame, lo que importa es que ya pronto va a formar parte de los hijos de Abraham.

Con los preparativos de la fiesta, a José se le pasó el disgusto. Y al día siguiente, el octavo, según la costum­bre, fue la circuncisión.(1) Todo Nazaret estaba allí, desde lue­go. Venían a darnos la enhorabuena y también a probar las rosquillas de miel que mi madre había preparado. El pa­tio de casa se llenó de vecinos. José había puesto guir­naldas de flores de una tapia a otra. También mandó lla­mar a los dos viejos que sabían tocar los tamborcitos.

Vecino- ¡Ahí viene el rabino! ¡Ea, la madre que se vaya preparando!

Susana- ¡María, María!

Joaquín- El que se tiene que preparar es el niño, que el tajo se lo van a dar a él.

En aquel tiempo, el rabino Manasés todavía tenía dientes y buena vista y hablaba bonito de las cosas de Dios. Todos en Nazaret lo queríamos mucho. Él era el que enseñaba a leer a los niños en la pequeña sinagoga de la aldea y el único que recordaba los antepasados de cada familia del pueblo.

Rabino-¡La paz con todos!

Varios-¡Y con usted, rabino!

Rabino-¡Uff! ¡Qué sofoco que traigo!

Joaquín-Vamos, Manasés, échese un trago y así se refresca el gaznate antes de hablar.

Rabino- Gracias, Joaquín. Ahhh... Bueno, ahora vamos a lo que vamos. A ver, ¿dónde está la criatura?

Ana- ¡Un momento, rabino, que le estamos cambiando la ropita! ¡Vaya por Dios, qué muchacho este tan meón!

Al poco rato, salí yo de la casa llevando al niño en brazos.

Susana- ¡Que viva el niño y la madre que lo parió!

Me senté en una esquina del patio, sobre un ta­burete y le di de mamar a mi chiquito para que no hiciera bulla y dejara hablar al rabino.

Rabino- Bueno, vecinos, hoy es un día feliz para todos, ¿verdad? Desde hoy vamos a tener una estrella más en el cielo y un grano de arena más en la playa, que ésa fue la promesa de Dios a Abraham. Porque este niño, hijo de María y de... bueno, dejemos eso ahora.

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