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Este niño, digo, va a ser uno más del pueblo elegido por Dios. Como us­tedes saben, vecinos, el Dios de Israel hizo con nuestros padres una alianza. Eso fue hace muchos años. Pero desde entonces, sin fallar ni uno, todos los israelitas hemos lle­vado en nuestra carne la marca de esa alianza. Y ahora va­mos a circuncidar a este recién nacido para que también él pueda llamarse hijo de Abraham.

Yo me levanté y le entregué el niño al rabino que lo cargó y lo puso sobre sus rodillas cubiertas con un paño blanco.

Rabino- A ver, tráiganme acá el cuchillo... ¡Y usted, sin rechistar, a portarse como un valiente!

José le pasó un cuchillo de pedernal y el rabino con mucho cuidado cortó un poco de la piel que le cubre el miembro a los niños. La sangre empapó la toalla. En­tonces el rabino pegó su boca a la herida y chupó en ella con fuerza para contenerla.

Rabino- Bueno, ya está.

Con un trapo limpio le vendó la pequeña herida. Jesús lloró mucho.

Rabino- Ea, ustedes, las muchachas, guarden el pellejito. ¡Y ya saben, para las estériles no hay mejor medicina!

María- Vamos, mi niño, vamos, ya pasó. Vamos... Sa­na, sana, culito de rana.

Rabino- ¡Y a propósito, todavía no me han dicho cómo se va a llamar este pichón de judío!

Ana- Bueno, rabino, yo dije que le pusieran...

Joaquín- Déjalo ya, Ana, que eso no te toca a ti. Se acabaron las discusiones. Tú, José, tú tienes la última palabra.

José se adelantó con una sonrisa grande y mojó sus dedos en la sangre de la herida del niño.

José- Se llamará Jesús.(2)

Y con la sangre escribió las letras del nombre de Jesús sobre la piedra de ángulo de nuestra casa.(3)

Rabino- ¡Jesús! Sí, es un nombre bonito. Pues así te llamarás: ¡Jesús, que quiere decir Liberador! Vecinos: ya este muchacho está circuncidado como Dios manda y tiene su nombre, ¡un nombre de libertad! Y ahora, hijos, siéntense y escúchenme. Como cada vez que repetimos la señal de la alianza, debemos recordar también la historia de los que la sellaron con esta misma tradición. Y ustedes, los mocosos, abran bien las orejas, que ustedes tendrán lue­go que contar todo esto a sus hijos y a sus nietos, y de­cirles de dónde venimos y quiénes somos.(4)

Todos se pusieron en cuclillas rodeando al rabino Manasés que nos miraba con sus ojos perdidos en el recuerdo…

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