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al morir éste y que entró con el pueblo de Israel en la Tierra Prometida.

3. Para Israel, como para todos los pueblos orientales y para la mayoría de las antiguas culturas, el nombre no es sólo lo que distingue a una persona de otra, sino que indica la más profunda personalidad del individuo. El nombre hace a la persona, indica quién es, cuál es su destino. Imponer un nombre a un niño tenía enorme significado. No era un mero trámite ni un simple gesto social. Este modo de en­tender qué es el nombre explica la reverencia de los israelitas al pronunciar el nombre de Yahveh, el nombre de Dios. Creían que, de alguna forma, con el nombre se hacía presente a quien lo llevaba. También se entendía que decir a otra persona el nombre propio era una señal de gran confianza. Por esto, no se decía el nombre al principio de establecer una relación, sino cuando ya había un cierto conocimiento y afecto. Se creía también que quien conocía el nombre de otro tenía poder sobre él. Cuando Dios reveló a Moisés su nombre le estaba re­velando quién era Dios y cuando en el último libro de la Biblia se promete para el Reino de Dios "un nombre nuevo" (Apocalipsis 2, 17), se promete el ser "hombres nuevos".

Al ser circuncidados, los niños en Israel recibían nombres de tipo profano o religioso. Los profanos eran nombres de animales (Raquel = oveja), (Débora = abeja), de cosas (Rebeca = lazo), que indicaban la alegría de los padres por el niño (Saúl = el deseado), (Noemí = mi delicia), que hacían referencia a alguna cualidad del pequeño (Ajab = semejante a su padre), (Esaú = velludo), (Salomé = sana). Los nombres religiosos combinaban varias palabras para indicar cómo los padres creyentes representaban la relación que Dios iba a tener con el niño o la niña o lo que de Dios esperaban para él o para ella. Son nombres que reconocen la acción de Dios (Jeremías = Dios consuela), indican agradecimiento (Matatías = regalo de Dios), proclaman cómo es Dios (Elí = Dios es grande).

4. Por la genealogía, cada familia israelita indicaba de dónde venía, a cuál de las doce tribus pertenecía su linaje. Así demostraba por cuál rama estaba entroncada en el pueblo de Dios. La relación con la tribu de Judá fue la que dio origen al mayor número de árboles ge­nealógicos. Y dentro de la tribu de Judá, la de la fami­lia de David. Es comprensible, porque aquel rey había marca­do la historia del pueblo. Hasta unos cien años antes de Jesús se elegía siempre entre los miembros de esta familia al jefe civil del Senado de Israel. La esperanza mesiánica estaba ligada a los descendientes de la familia de David y quien tuviera san­gre de su familia real buscaba demostrar tan destacado origen.

Al escribir el evangelio, tanto Mateo como Lucas elaboraron genealogías con las que quisieron demos­trar el origen davídico de Jesús y dar con ello una "prueba" de que era el Mesías. La genealogía se establecía siem­pre en relación a los antepasados del padre y no a los de la madre. José era quien pertenecía a la familia de David, y no María. Lucas elaboró su genealogía partiendo de Jesús

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