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hacia arriba, hasta llegar al mismo Adán. Mateo la elaboró en forma inversa, comenzando con Abraham. Las dos genealogías corren parejas desde el patriarca Abraham al rey David, pero después ya son distintas. Mateo la continúa por Salomón y Lucas por Na­tán, los dos hijos de David. En algunos puntos vuelven a coincidir. Con los antepasados de Jesús que presentan ambas genealogías no se busca dar datos exactamente históricos. Hay en ellas errores, omisiones. Y también hay teología. Incluso en el número de las generaciones que se cuentan, los evangelistas juegan con símbolos numéricos.

En la genealogía de Mateo aparecen varias mujeres. Ninguna en la de Lucas. Mateo, al incluirlas, como al incluir a otros antepasados, está haciendo a la vez historia y teología. Jesús aparece como miembro de una historia «impura» en cuanto a la raza, la sangre y el origen. Mateo incluye extranjeros y mujeres de moral «du­dosa». La ascendencia de Jesús se inicia con Abraham, un idólatra convertido, y pasa por todas las clases y tipos sociales: patriarcas nómadas, esclavos en Egipto, reyes, soldados, gente sin ningún relieve, Tamar -mujer astuta y hábil (Génesis 38, 6-26); Rut, una extranjera emigrante (libro de Rut); Rajab, la prostituta (Josué 2, 1); Betsabé, adúltera con David (2 Samuel 11, 4). Los dos evangelistas, cada uno a su estilo, construyeron una historia llena de baches, de «manchas», de saltos, como es la historia de todos los seres humanos.

5. Desde unos 500 años antes de Jesús, después de la época del exilio, fue cobrando importancia en Israel poder demostrar que uno era israelita legítimo. Durante el exilio se habían dado muchos matrimonios entre paganos y a la vuelta a Palestina se consideraba que sólo los de limpios antepasados podían ser el fundamento para reconstruir el país arrasado. Esto fue imponiendo el uso de las genealogías o árboles genealógicos. En gene­ral, todo israelita conocía de oídas quiénes eran sus antepasados varias generaciones hacia atrás. Sin embargo, para efectuar un matrimonio -especialmente con un sacerdote- debía poderse demostrar por escrito que la genealogía era pura, al menos en cinco generaciones. Los candidatos a puestos públicos debían te­ner también esa prueba de la legitimidad de su origen.

137- SANGRE DE INOCENTES

María- Jesús estaba casi acabado de nacer cuando el rey Herodes -pero no éste de ahora, sino su padre, que era tan canalla como él- mató a tantos paisanos allá por el sur, ¿se acuerdan?(1)

Mateo- Pero ustedes ya estaban en Galilea, ¿verdad, María?

María- Ay, sí, gracias a Dios ya habíamos regresado a Nazaret con el niño. Pero, y con todo, Mateo, ¡te digo que pasamos unos miedos!

Mateo- Y no era para menos. Aquellos últimos años del viejo Herodes fueron los peores. Parece que él se olía ya su final y se volvió más y más cruel. Pero, cuéntanos cómo lo pasaron por allá por

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