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tu aldea, María. Anda, cuéntanos...

Recuerdo muy bien a Mateo, el que había sido cobrador de impuestos, escuchando atentamente aquellos relatos que María, la madre de Jesús, nos hizo a todos los del grupo mientras esperábamos, reunidos en Jerusalén, la fiesta de Pentecostés.

María- Tú te acordarás, Mateo, porque el lío comenzó con tus colegas, cuando el bandido de Herodes aumentó los impuestos. Sus recaudadores se regaron por todas partes. Claro, iban bien custodiados por la policía por si acaso. De pueblo en pueblo y de aldea en aldea, llegaban y avisaban la subida. Imagínense, medio siclo de plata por cabeza. ¡Una barbaridad! Ya era demasiado abuso.

Hombre- ¡Medio siclo! ¿De dónde rayos vamos a sacar medio siclo si no tenemos ni para un puñado de dátiles? Maldita sea, pero ¿qué se ha creído este hijo de Satanás, que puede seguir tirando y tirando de la cuerda sin que se rompa?

Mujer- ¡Una hogaza de pan a tres ases, la leche subió a cuatro y el aceite ni se diga! ¡Y encima, a regalarle plata al rey para que adorne su palacio! ¡Mala peste se lo lleve! Viejo- ¡Pues aquí no pagaremos el impuesto! No, señor. Se acabó y se acabó. Yo no pago ni medio siclo ni medio céntimo.

Hombre- Ni yo tampoco. Y si quiere, que venga y nos degüelle a todos. ¡Para ver morir a mis hijos de hambre un día y otro, mejor acabar de un sablazo!

Dicen que Herodes, cuando se enteró de que la gen­te protestaba, en vez de aflojar, apretó más.

Herodes- ¿Cómo? ¿Que se quejan por el nuevo impues­to? ¡Ah, qué lástima! Mis súbditos no comprenden lo necesario que es embellecer este Templo donde habita el Dios del cielo y este palacio donde habito yo, el dios de la tierra. En fin, al que no quiera pagar, métanlo preso.

Soldado- Son muchos los rebeldes, majestad. No cabrían en las prisiones.

Herodes- Pues entonces, mátenlos. En la fosa sí cabrán ¿verdad? ¡Sí, sí, así es más rápido y mejor! Tampoco conviene que haya tantos campesinos. Si son muchos, se hace más difícil controlarlos.

¡Cuántos habrán muerto por negarse a pagar el impuesto! ¡Y no sólo en aquel año, que mientras ese desalmado estuvo go­bernando, todo fue crimen y atropello! ¡Ay, yo no sé, yo a veces me pregunto cómo Dios permite que esos asesinos vivan tanto tiempo y hagan tanto daño sin que nadie les pida cuenta de toda esa sangre inocente!

Mateo- ¿Y en Nazaret, María, también tuvieron problemas?

María- Bueno, los abusos fueron mayores por el sur. Pero tam­bién en Galilea nos sobresaltamos. Y los hombres de la aldea y de los otros rincones de por allá hasta pensaron en salir fuera del

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