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país para no vivir con tanta zozobra.

Viejo- Pero, compadre, ¿qué puede esperarse de un hom­bre que estrangula a los suyos? Pues eso hizo Herodes con dos de sus hijos. ¿Y a la tal Mariana, la que dicen que era su esposa más querida, no la mandó matar también?

José- Pues si a los que quiere los mata, ¿qué nos queda a nosotros?

Vecino- Huir, José, eso es lo que nos queda. Huir, irnos lejos, largarnos de una vez de este desgraciado país.

José- Pero, ¿cómo dices eso, Rubén? ¿A dónde diablos vamos a irnos nosotros que ni un carretón tenemos para cargar los trastos?

Vecino- A donde sea. A la montaña. O a las ciudades griegas. O a Egipto, si hace falta.(2) Y olvídate del carretón, compañero. Cuando hay que correr, hasta las sandalias sobran.

José- ¿Y abandonar uno su casa y dejar sus sembrados?

Vecino- ¿Y qué quieres tú, José? Lo primero es el pe­llejo y nuestros hijos que están en peligro. Piensa en tu muchachito. Piensa en María, tu mujer. ¿Eh, viejo, tengo o no tengo razón?

Viejo- Bueno, muchacho, puede que tengas razón y pue­de que haya que ponerse en camino. Pero, ¡qué fácil lo pintas tú! Se ve que tú no has estado por ahí, rodando por el mundo. Yo sí, yo pasé unos años del otro lado del río. ¡Y allá no vuelvo ni para recoger el alma que se me hubiera quedado!

José- Pues por ahí, por Perea, más allá del Jordán, ¿no anda el compadre Neftalí y su familia?

Viejo- Sí. ¡Y mira cómo le va! El otro día con la cara­vana de los moabitas supe que las están pasando negras. Y tiene que ser. Se imaginan lo que es llegar a otro pueblo, sin vecinos, sin amigos, sin entender un cuerno de lo que hablan los demás porque tienen otra lengua y otras costum­bres, y hasta otra comida, caramba, que uno ya está hecho a comer su guiso y a beber su vino aunque le salga agriado. Y luego, vete a mendigar trabajo y no te lo dan porque si no hay sitio para los de dentro, ¿qué va a haber para los que vienen de fuera? Y así un día y otro, y ves a los hijos que no encuentran su acotejo porque los demás niños los miran como apestados y les dicen cosas, y la mujer que no te sale de casa porque no aprende a hablar y no sabe desenvolverse ni en el mercado, y uno se siente como que está de más, como entrometido. Y te va entrando una triste­za... ¡Maldita sea, ésta es una soledad muy sola la de sen­tirse así, tan lejos de todo lo de uno!

Vecino- Bueno, viejo, pero tampoco uno por irse se tie­ne que dejar morir. Mire a Moisés, que también estuvo en el exilio y luego regresó. Así que el que se va, se lleva la esperanza de volver.

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