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José- Pues yo no quiero criar a mi hijo en tierra extraña. Yo no me voy.

Vecino- Los hijos, siempre los hijos. Por ellos nos vamos y por ellos nos quedamos. ¿Y sabes lo que yo pienso, José? Que estos tiempos no están para andar preñando mujeres. Sí, sí, te lo digo en serio. ¿Saben lo que me contó un camellero de Belén? Que en algunas aldeas del sur las mujeres están tomando no sé qué brebaje para no parir.

Viejo- ¿Y eso por qué, muchacho?

Vecino- Dicen que no quieren tener hijos. Que para qué pasar tanto trabajo para tenerlos y criarlos y luego que venga un guardia y le dé una cuchillada. Es dolor sobre dolor. Así que, mientras ese sanguinario de Herodes esté en el trono, ellas no darán a luz. Y hacen bien, caramba.

Viejo- Pues no, yo creo que no hacen nada de bien. Al revés. ¿No comprendes que eso es lo que quieren ellos? Que seamos pocos para tenernos bien ajustado el yugo. Si no engendramos hijos, ¿qué esperanza tenemos de sacu­dirnos un día la barra que nos han puesto sobre la nuca?

José- La esperanza está en el Mesías, así dice el rabino. Pero, al paso que vamos, si no se apura un poco…

Viejo- No, hijo, no. El Mesías no se apurará si nosotros mismos no nos damos prisa. La libertad no viene, hay que ir a buscarla. Mírate las manos. ¿No lo ves? Ahí está el Mesías. Cierra el puño. Ahí está la fuerza del Mesías. Nuestra fuerza son nuestros brazos. Nuestro único ejército son nuestros hijos y nuestras hijas. Por eso ellos los matan, porque tienen miedo a que todas esas manos se junten y todos los puños se aprieten, y entre todos zarandeemos el trono donde está sentado el tirano. Tienen miedo y por eso matan. Herodes mata. El emperador de Roma también mata. Todos, todos ellos se creen muy fuertes porque matan, pero en el fondo tiemblan porque saben que, tarde o temprano, el pueblo los echará abajo. Acuérdense, acuérdense de lo que pasó en Egipto hace mil años. Cuando nuestros abuelos bajaron a aquella tierra, allá por los tiempos del viejo Jacob, eran muy pocos, un grupito de nada. Pero, a fuerza de trabajar los hombres y de parir las mujeres, fueron creciendo y lle­nando el país. Entonces comenzaron los líos con el faraón, que era el mandamás de aquel lugar.

Faraón- ¡Maldición! ¿Qué diablos pasa con los hebreos que se multiplican como chinches?

Criado- Ya usted sabe, excelencia, que los pobres, como no tienen otra cosa en qué entretenerse, se acuestan temprano... ¡y claro, pasa lo que pasa!

Faraón- No le encuentro la gracia.

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