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Comadrona- Pero, faraón, esos niños son inocentes.

Faraón- ¿Inocentes? Ahora son inocentes, pero dentro de muy poco comenzarán a alborotar y se unirán con los otros esclavos y se harán fuertes, ¡y nadie podrá contra ellos! Ahora estamos a tiempo. ¡Mátenlos a todos!

Viejo- Y los guardias del faraón de Egipto cumplieron aquella orden tan terrible y derramaron la sangre de muchísimos de nuestros niños. Dicen que hasta en el cielo se oyeron los llantos de aquellas madres. Eran como los gritos de Raquel cuando lloraba por sus hijos sin querer ningún consuelo porque ya estaban muertos.

Vecino- ¿Y entonces, viejo?

Viejo- Bueno, el faraón pensó que ya todo estaba resuelto, que se había salido con la suya. ¡Qué tonto! No sabía que en su propia casa estaba criando al que luego le iba a dar el bastonazo, a Moisés, el que le echó encima las diez pla­gas y levantó a todo el pueblo con él.

Vecino- En aquellos tiempos fue Moisés...

Viejo- Y hoy puede ser cualquiera de nuestros mucha­chos. Mira a Benjamín, el hijo de Rebeca. Mira a Tino, el hijo de Ana. Mira a Jesús, el hijo de María. Nuestros niños nacen. Hay esperanza. Ellos continuarán el camino que nosotros abrimos. Moisés no llegó a pisar la tierra pro­metida. Pero los que vinieron detrás, sí. El exilio dura cuarenta años, pero no más…

María- Aquella noche, cuando José volvió a casa, estaba muy preocupado. Me contó del compadre Neftalí, que se había ido. De Ismael y su mujer, que también se iban. Me habló de muchos vecinos de la aldea que ya tenían dentro la comezón de escapar, de irse lejos. Eran tiempos malos aquellos, la verdad. Te digo, Mateo, que aquel viejo de Nazaret tenía razón. Lo que estábamos viviendo se pare­cía mucho a lo que habían vivido nuestros abuelos allá en Egipto.

Mateo, el que había sido publicano, no perdía una sola de las pa­labras de María, y las iba guardando cuidadosamente en su me­moria.(3) Unos años más tarde, cuando cogió la pluma para escribir su evangelio, tomó prestadas aquellas historias antiguas de nues­tro pueblo, y habló de Jesús como del nuevo Moisés, el hijo que Dios había llamado de Egipto para liberar a sus hermanos.

Mateo 2,13-18

1. Cuando Jesús nació, aunque la influencia romana se dejaba sen­tir cada vez con más fuerza en Palestina, aún gobernaba en el país el rey Herodes el Grande. Su reinado duró 40 años y durante él las clases ricas de Jerusalén y su propia corte vivieron en un ambiente de lujos y derroche hasta entonces desconocidos en el país. Los impuestos daban anualmen­te a Herodes la suma de mil talentos, unos 10 mi­llones de denarios. Herodes fue un gran constructor. Su

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