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Mesías, ¿sabes? Porque el Mesías tendrá piojos en la cabeza, igual que yo. Y no habrá comido caliente en siete días, igual que yo. Y no tendrá dónde reclinar la cabeza, como yo. ¿No te parece entonces que el Mesías y yo podemos entendernos bien?

José- Bueno, viejo, ahí sí tiene usted razón.

Simeón- Y tú y yo también podemos entendernos bien, muchacho. Porque mira, los dos somos unos muertos de hambre, ¿no es eso? Entonces, ¿por qué tenemos que andar peleando, dime?

María- Eso era lo que yo quería decir desde hace un rato.

Simeón- Guárdate el látigo para los otros, muchacho, para los que están repantingados en los palacios. Esos son los que le harán la guerra al Mesías cuando venga. Mira, ven, ¿ves todas aquellas mesas de monedas, y los corrales de vacas y todo ese ganado? ¡Todo es de la familia de Beto! Los hijos de Beto, tan religiosos, tan piadosos... Con la boca llena de Dios y con los bolsillos llenos de lo que nos roban a nosotros. ¡Ay, mi hijo, si yo te contara! Pero llegará, llegará el día de la candela, ¡ya lo creo que llegará!

José- ¡Bien dicho, abuelo, así se habla!

María- ¡No alboroten tanto, caramba, que por aquí hay mucha gente que uno no conoce!

Simeón- ¡Yo lo grito y no me importa! ¡Mira este templo, muchacho! Hace veinte años que el pillo de Herodes lo está poniendo bonito, pegándole mármoles y forrándolo con oro. Y dime tú, ¿para qué? ¿Para que Dios esté más cómodo? No, Dios no necesita nada de esto. ¡Que cuando el Señor iba con Moisés por el desierto le bastaba con una tienda de campaña! ¡Todo este lujo es para ellos, los que levantan las manos a Dios, pero luego doblan la rodilla ante el becerro de oro!

María- Ya me despertaron al niño con tanta algarabía, ¡caramba con ustedes!

Simeón- Pobrecito, pobrecito... Es que uno se emociona cuando se topa con jóvenes como ustedes que tienen la mente clara. Ah, caray, en mis tiempos las cosas eran dis­tintas. Los jóvenes hablábamos del Mesías, discutíamos, nos peleábamos por ir a conocer a los hijos de los Macabeos. Ahora no. La juventud de ahora lo que quiere es divertirse y sólo piensan en pasarlo bien. Si ven un pañuelito nuevo, ya se les van los ojos y quieren comprarlo.

José- Esa va para ti, María...

Simeón- Aquí vienen algunos y me dicen: Olvídelo, vie­jo, que este mundo no tiene arreglo. Usted se morirá y todo seguirá igual. Y yo digo que eso es lo que ellos quie­ren, hacernos tragar el cuento de que las cosas no se pueden cambiar. ¡Claro que se pueden! ¡Con jóvenes como ustedes se puede sacudir la mata!

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