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José- Con nosotros y con los que vienen empujando de­trás, abuelo. Mire a este morenito... ¿Sabe qué nombre le hemos puesto? Jesús, nombre de valiente. Y lo vamos a criar con leche de camella para que salga terco como Moi­sés ante el faraón, ¿verdad que sí, mi niño, verdad?

Simeón- Jesús... Bonito el nombre y más bonito el muchacho. Se parece a los míos cuando estaban así pequeñitos.

María- ¿Usted tiene hijos, abuelo?

Simeón- Tuve dos, muchacha. Uno se me murió muy joven. Cogió una fiebre y yo no tenía ni un céntimo para pagarle al médico. Al otro me lo mataron. Cuando tenía tus años se metió con los grupos de Perea. Le echaron mano los guardias de Herodes y... Ah, prepárate, mu­chacha, que si a este morenito lo crías luchador, un día una espada te partirá el corazón. Como a mí.

María- Ay, abuelo, por Dios, no diga esas cosas...

José- ¡Vamos, viejo, no se ponga triste ahora, que con el calor que hace, le puede dar un tabardillo!

Simeón, aquel viejo vendedor de palomas, con los ojos aguados, me pidió al niño para cargarlo.

Simeón- ¡Qué niño tan hermoso has tenido, muchacha! ¡Que el Dios de Israel te lo bendiga desde la coronilla hasta el dedo meñique del pie!

María- ¡Ay, sí, que Dios lo oiga!

Simeón- Y que lo puedas criar bien, y lo veas crecer y hacerse un hombre!

José- Y que usted también lo vea, abuelo.

Simeón- Ay, hijo, yo tengo ya un pie en la tumba y el otro a medio entrar. Ya estos ojos míos han visto dema­siado. He visto todas las dolencias que se cometen bajo el sol. Tanto llanto de inocentes esperando un consuelo que no llega. Tanta risa de sinvergüenzas sin que nadie les ajuste las cuentas. Llevo cien años esperando la liberación de mi pueblo. Pero, mira, cuando los oigo hablar a uste­des, es como si una lucecita se me encendiera en mitad de la noche. Sí, yo estoy seguro. Dios no faltará a su pro­mesa. Nuestro pueblo será libre algún día.

El viejo Simeón le dio un beso al niño y me lo devolvió.

Simeón- Tómalo, muchacha. Ya puedo morirme tranquilo. En este niño y en los que vengan detrás está la salvación de Israel y la esperanza de tantos pueblos que sufren igual que el nuestro. ¡Sí, sí, pronto seremos libres, me lo da el corazón! ¡El Mesías está cerca, muy cerca de nosotros!

María- ¡Viejo, por Dios, no grite! Por ahí anda una mujer un poco rara... Yo creo que desde hace un rato nos está acechando.

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