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Simeón- ¿Quién? ¿Esa vieja? No, hija, esa es de confianza. ¡Ana, ven acá!

Se llamaba igual que mi madre y era una vieja gorda, toda vestida de negro, con una cara redonda y risueña.

Ana- ¿Qué te pasa ahora, Simeón?

Simeón- Nada, mujer, aquí dándole a la lengua con este par de galileos que han venido a presentar a su niño.

Ana- Deja ver... Ay, qué muñeco tan lindo… Enséñale a rezar, muchacha, que el árbol se endereza desde pequeño.

Simeón- Eso es lo único que sabes hacer tú, reza que reza, como si con tanta oración fueras a sonsacar a Dios.

Ana- Por lo menos, tengo entretenida la quijada, ¿saben? Y así se olvida una del hambre.

José- ¿Y qué le pide usted a Dios, abuela?

Ana- ¿Y qué le voy a pedir, mi hijo? Llevo ochenta y cuatro años pidiéndole siempre lo mismo. Desde que me quedé viuda, y de eso hace ya mucho, le digo a Dios: Escoge: o me mandas otro marido o me mandas al Mesías para que me haga justicia, ¡porque así no hay quien aguan­te! ¡Y les juro que primero se va a cansar Dios de oír mi monserga que yo de echársela!

Simeón- Pues, ¿sabes lo que te digo, Ana? Yo creo que Dios ya te está oyendo. Con jóvenes como éstos saldremos adelante. Nosotros ya vamos para atrás, Ana. ¡Pero la antorcha de Israel no se apagará! ¡Ea, muchacho, toma tus dos pichones y ofrécelos por este niño! ¡Y vayan pronto, que les van a cerrar la puerta!

José- Espérese, abuelo, mire, tome… los cuatro ases que me pidió antes.

Simeón- No, muchacho, te los regalo... Que sí, que son tuyos.

José- Que no, abuelo, que usted tiene que comer. Tome los cuatro ases.

Simeón- ¡Que no, que te los regalo he dicho!

María- ¡Válgame Dios, ahora el pleito es al revés!

Y subimos por la escalinata que da al atrio de las muje­res para cumplir la ceremonia de la purificación y presentar a nuestro hijo ante el altar del Señor. A la salida del Templo, en la explanada, ya no vimos al viejo Simeón. Al otro día, lo bus­camos, pero Ana, la rezadora, nos dijo que no había ido porque estaba enfermo. Al año siguiente, cuando viajamos a Jerusalén, preguntamos por él, pero nadie nos supo decir qué había sido del vendedor de palomas.

Lucas 2,22-38

1 Las leyes de Israel relativas a la «pureza» consideraban que el parto dejaba a la madre «impura» ante Dios. Se creía que el parto,

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