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como las reglas de la mujer o el derrame de semen del hombre eran una pérdida de la vitalidad y que para recuperarla debían hacerse ciertos ritos y restablecer con ellos la unión con Dios, fuente de vida. Si la mujer había dado a luz un varón era impura durante cuarenta días y si había tenido una niña, durante ochenta. Cuando pasaba ese tiempo debía presentarse en el Templo de Jerusalén para consagrar a Dios al recién nacido y purificarse ella ofreciendo un sacrificio de un cordero y una tórtola. Si era pobre -y éste era el caso de María- bastaba con que ofreciera dos tórtolas o pichones (Levítico 12, 1-8).

Las aves se mataban y desplumaban antes de ofrecerlas en el altar. Las mujeres que esperaban ser purificadas por el sacerdote se congregaban en el Templo, en la Puerta de Nicanor. Esta puerta unía el atrio hasta donde podían entrar las mujeres con el atrio de los varones. Allí se purificaba también a los leprosos que hubieran quedado sanos y se hacían las pruebas a las mujeres que fueran sospecho­sas de haber cometido adulterio.

2. Jerusalén era el más importante centro comercial del país. A la capital llegaban productos de todas las regiones y también del extranjero. Había varios mercados: de cereales, frutas, le­gumbres, ganado, madera. Existía también un lugar para exponer y vender esclavos, que eran siempre extranjeros. Todo se pre­gonaba a gritos para animar a la clientela. Había que tener espe­cial cuidado en el momento de comprar, pues en la capital se usaba una medida de peso distinta que la del resto del país y también usaban monedas propias. Todo era allí más caro, especialmente la comida, el vino y el ganado. Si en Jerusalén se com­praban tres o cuatro higos por un as, en el campo se conseguían por ese mismo precio diez o hasta veinte higos. Junto a los gran­des comerciantes, existían pequeños negocios de tenderos o revendedores minoristas y muchísimos vendedores ambulantes. Los puestos para el comercio de los animales que se vendían para los sacrificios -corderos, cabritos, becerros, palomas- es­taban colocados en la enorme explanada del Templo. En aquel atrio podían entrar todos: hombres, mujeres y extranjeros.

139- LO DE TODOS LOS DÍAS

Juan- ¿Y daba guerra Jesús de muchacho, María?

María- ¿Guerra? ¡Más que todos los caballos del Nabucodonosor ése que mientan! ¡Bendito sea Dios! No se estaba quieto un momento. José decía que estaba hecho de rabos de lagar­tijas.

En casa de Marcos, una noche, María recordaba en voz alta sus primeros años de casada en Nazaret, aquel pueblito galileo, pobre y pequeño, donde Jesús pasó casi toda su vida.

María- Un tomate se parece a otro tomate, ¿no es eso? Pues con los días en Nazaret pasaba lo mismo: que todos se parecían mucho. Cuando los gallos echaban el tercer canto, la casa entera se removía como un jarro de leche hirviendo.

Abuela- Bendito sea Dios, empieza otro día...

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