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como si estuvieran viendo el de Dios. Pues bien, dígales a esos tercos que el César manda pagar los impuestos. Y que Dios man­da lo mismo porque Dios y el César son amigos, muy amigos... tan amigos como usted y yo, ¿verdad, excelencia?

Caifás- Desde luego, gobernador, no faltaría más.

Pilato- Ah, por cierto, no se olvide de pasar mañana o pasado por la Torre Antonia para recoger sus ornamentos sacerdotales. Ya están cerca las fiestas de la Pascua.

Caifás- Y... ¿y después de las fiestas?

Pilato- Despreocúpese, excelencia. Si usted y su familia me ayu­dan en esta necesaria tarea de tranquilizar al pueblo, usted tam­bién podrá dormir tranquilo. Renovaré su designación como sumo sacerdote para el próximo año. Roma sabe ser agradecida con sus colaboradores...

Caifás- Gracias, gobernador, usted sabe que puede contar conmigo.

Pilato- Informaré a mi colega Sejano, que tan buen amigo es del emperador Tiberio, sobre su conducta ejemplar a lo largo de este año...

Caifás- muchísimas gracias, gobernador. Salude a su digna esposa Claudia Prócula de mi parte.

Pilato- También salude de mi parte a su digno suegro Anás.

El sumo sacerdote Caifás salió del palacio del gobernador romano con paso vacilante. Afuera lo esperaban algunos miembros del Sanedrín y sus guardias, que lo llevarían, bien protegido y en una silla de manos, hasta su lujosa residencia en el barrio alto de la ciudad.

Caifás- Tenemos que ser prudentes, amigos míos. La entrevista, como les digo, resultó muy cordial y llena de respeto por ambas partes. El gobernador Pilato está en la mejor disposición de ayu­darnos... si nosotros lo ayudamos a él.

Escriba- ¿Y qué espera él de nosotros, excelencia?

Caifás- Que seamos razonables con las nuevas medidas tributarias. Y que le hagamos razonar al pueblo. El mandamiento dice: «honrarás a tu padre y a tu madre». Dios es nuestro padre en el cielo. Roma es nuestra madre en la tierra. Los dos nos piden obediencia a las leyes. Eso es lo que hay que decirle al pueblo.

A las pocas horas, toda la ciudad sabía que el sumo sacerdote Caifás apoyaba los nuevos impuestos ordenados por el gobernador Poncio Pilato. En las calles de Jerusalén no se hablaba de otra cosa.

Hombre- ¡Si Roma es nuestra madre, mejor quedarse huérfano!

Anciano- ¡Maldita sea, ese gordo Caifás no hace otra cosa que lamerle el trasero a Pilato!

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