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Jesús- ¡A las tres, a las dos y a la una!… ¡Gané yo, gané yo!

Niño- Eh, miren, por ahí vienen las niñas...

Jesús- Escóndanse, escóndanse... ¡Vamos a darles un susto!

Jesús regresaba todos los días lleno de tierra de los pies a la cabeza…

Jesús- Eh, mamá, ¿qué cosa hay para comer?

María- Lo de todos los días. Lentejas y... Pero, por Dios santo, Jesús, ¿de dónde vienes tú así?

Jesús- Jugamos y me manché. Mocho también se manchó las patas, pero ya no tiene.

María- Ya no tiene. Y tú sí tienes, ¿verdad? Mira cómo estás de embarrado… ¡Pareces Adán en el paraíso!

Jesús- ¿Qué Adán, mamá?

María- Pregúntaselo al rabino esta tarde. Y anda, anda, quítate esa ropa enseguida.

Jesús- ¿Y me quedo en cueros?

María- Niño, ¿cómo te vas a quedar en cueros? Ponte aunque sea una túnica de tu padre.

Jesús- ¡La arrastro!

María- ¡A ti es al que va a haber que arrastrar de las ore­jas! ¡Anda enseguida!

Nos sentábamos sobre el suelo de tierra, con la olla de lentejas en medio y siempre quedaba corto. Éramos muchas bocas a comer.

Jesús- Quiero más, mamá.

María- Pues no hay más, hijo.

Abuela- Dale un huevo. Dicen que endurece los huesos. Cuando los niños

están creciendo, es lo mejor.

Sobrina- ¡Yo también quiero un huevo!

Jesús- Esta parece una gallina, siempre está cacareando. ¡Toma, gallina!

José- Ya estoy aquí, mujer.

María- Pero, José, ¿no dijiste que venías por la tarde?

José- Pues vine ahora, ya ves.

María- ¿Y qué?

José- Nada.

María- ¿Nada?

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