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Rabino- A ver, hijo, acércame más el libro que las letras me bailan. Más cerca. Eso... Ven, Jesús, lee aquí...

Jesús- «Cagamos con hambre».

Rabino- ¿Cómo has dicho, hijo?

Jesús- Cagamos con hambre. Eso dice ahí.

Rabino- Deja ver... ¡Hagamos al hombre! Vamos, sigue.

Jesús- «Sigan y bajen»...

Rabino- Que sigas te digo.

Jesús- «Sigan y bajen»...

Rabino- Pero, ¿qué dices? «Según la imagen»... Trae acá. «Según la imagen nuestra»...

Jesús- Según la imagen nuestra...

Rabino- y...

Jesús- y...

Rabino- nuestra...

Jesús- nuestra...

Rabino- se...

Jesús- se...

Rabino- seme...

Jesús- seme... ¡se mea!

Rabino- ¿Quién se mea?

Jesús- Dice ahí... ¡Yo qué sé!

Rabino- ¡Semejanza! ¡Caramba con este niño!

Niño- ¡Jesús no sabe leer! ¡Jesús no sabe leer!

Jesús- ¡Ni tú tampoco!

Rabino- ¡Silencio, muchachos, un poco de silencio!

Las horas de la tarde pasaban más tranquilas. Cuando caía el sol, los campesinos volvían a sus casas, can­sados de la faena del día. Se lavaban los pies y se iban a jugar a los dados. Al llegar la noche, el fresco del norte corría por Nazaret y daban ganas de conversar. Como ya todos estaban dormidos, hasta Mocho, y la casita era tan pequeña que no se podía dar un paso, José y yo salíamos a veces fuera y nos sentábamos sobre la tierra seca, recostados contra el muro de nuestra choza.

María- ¡Uff! Estoy molida.

José- Oye, María, al mediodía estaba yo con muy mal genio porque...

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