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María- Deja eso, José. Si ya nos conocemos... ¿Cómo no ibas a tener mal genio caminando tantas millas bajo ese sol? Y, cuéntame, ¿qué dijo Boliche del trabajo en Naím?

José- A lo mejor contratan otra docena de hombres para la finca.

María- Pues engánchate en ese racimo. Y si no...

José- Y si no, vamos a tener que comer aire.

María- No, hombre, no seas tan cenizo. Dios no nos va a soltar de su mano. Mira, ya ves el niño lo sano que nos está creciendo. Y todos vamos saliendo adelante. Y tú y yo nos queremos. ¿Necesita algo más el señor…?

José- Tienes razón, María. ¡Ay, caramba, tú siempre tie­nes razón, mujer! Bueno, un beso y a la cama, que mañana hay que madrugar.

María- Mira quién lo dice: ¡el dormilón más dormilón de todo Nazaret!

Así era nuestra vida. Casi no hay nada que contar de aquellos años. Trabajábamos mucho, nos queríamos todavía más. Y Jesús crecía y cada día se hacía más fuerte y más alto y aprendía más cosas.(3) Dios estaba con él.

Lucas 2,39-40 y 51-52

1. La imagen de la «casita de Nazaret», una casa pobre, donde María cose en paz y José en un cuarto trasero aserra madera ayudado por el niño Jesús no se corresponde con la realidad de aquel lugar ni de aquel tiempo. Las casas de Nazaret se hacían apro­vechando las cuevas naturales de la colina en donde estaba asen­tada la aldea. Eran pequeñísimas. Prácticamente sólo se usaban para dormir y lo más habitual era que vivieran dentro de cada una muchas personas, pues las familias eran numerosas y las obligaciones de los hijos para con sus padres, sus hermanos, sus primos, eran algo sagrado que todos respetaban. El ambiente era de gran pobreza. Se vivía al día, con el agobio continuo para el padre de familia de conseguir algún trabajo. Las mujeres traba­jaban también, no sólo en los oficios de la casa sino en las tareas agrícolas ayudando a sus maridos. Este fue el marco donde Jesús se crió.

2. Desde los cinco años los niños varones debían asistir a la escuela. Las escuelas dependían de la sinagoga local. En la sinagoga, don­de cada sábado se reunía la comunidad a rezar y a escuchar las Escrituras, aprendían los niños a leer. No se conside­raba que las niñas tuvieran necesidad de saber y las dedicaban a ayudar en los oficios domésticos. Sólo las niñas de familias mejor situadas de la capital recibían alguna instrucción. Los niños aprendían a leer en los textos de las Escrituras. La educación general terminaba a los doce años, cuando el muchacho llegaba a la pubertad y se convertía legalmente en adulto. Los más destacados en el aprendizaje

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