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Tonel- Discutían entre ellos y a nosotros no nos deja­ban irnos.

Jesús- ¿Verdad, Tonel, que esa gente le arma a uno un lío? Ellos se ocupan de las cosas de Dios, pero yo creo que no lo conocen. Dios no puede ser como ellos dicen.

María- Pero, Jesús, ¿cómo hablas así de los maestros?

Jesús- Porque así es, mamá. Mira, ellos dicen que...

José- Vamos, vamos, ya está bueno de gastar saliva. ¡Ea, corriendo, que si aligeramos el paso, todavía alcanza­mos a la caravana de los galileos!

Y la alcanzamos. Y a los tres días, estábamos de regreso en Nazaret. La vida siguió dando vueltas como el agua en el molino y, a partir de aquel año, Jesús subió a Jerusalén con nosotros cuando llegaba la fiesta de la Pascua.(6) El tiempo pasaba. Y él iba creciendo y haciéndose un hombre. Yo pienso que también iba descubriendo cada vez con más claridad que Dios es, sobre todo, un Padre. Un Padre que está muy cerca de nosotros y que se ocupa de todas nuestras cosas.

Lucas 2,41-50

1. La Ley de Israel obligaba a que en tres de las cinco fiestas principales del año todos «comparecieran ante Dios» en el Templo de Jerusalén. No estaban obligados los sordos, los idiotas, los niños, los homosexuales, las mujeres, y los esclavos no liberados, los tullidos, los ciegos, los enfermos, y los ancianos, norma que deja ver quiénes eran los más «despreciados» en aquella sociedad, indignos hasta de presentarse ante Dios. Las tres fiestas obligatorias eran la Pascua, las Primicias (Pentecostés) y la Cosecha (las Tiendas). La Pascua era la más popular de las tres. Los pobres -que no podían hacer gastos para varias peregrinaciones al año- cumplían sobre todo en la Pascua. Aunque las mujeres no estaban obligadas, en Pascua solían participar en el viaje con sus maridos y sus hijos. Las otras dos fiestas anuales eran la Fiesta de las Trompetas, en la séptima luna nueva del año, y el Día de la Expiación. Había otras fiestas menores y cada semana, el descanso del sábado.

2. Los textos de la época indican que era a partir de los trece años cuando los niños varones debían ya cumplir con la obligación de peregrinar por Pascua a Jerusalén. Pero era costumbre de los is­raelitas del interior llevarlos desde los doce años, para que se habituaran al cumplimiento del precepto que les iba a obligar desde el año siguiente. La participación en las fiestas de Pascua con todo el pueblo era una forma de consagrar la «mayoría de edad» del muchacho. A partir de entonces comenzaba realmente a ser un «israelita», pues se entendía que israelita era sinónimo de «el que va a Jerusalén».

3. Para las peregrinaciones se organizaban grandes caravanas formadas entre los vecinos de un mismo pueblo, los amigos, los pa­rientes. Así se defendían de uno de los principales peligros del camino: los

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